Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) - Al precandidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires por el Frente por la Victoria, el ministro del Interior Aníbal Fernández, le encantaría que la actual senadora por Santa Cruz y a partir de diciembre por Buenos Aires, Cristina Fernández de Kirchner, sea en 2007 la presidente del país.
En cambio, al jefe de gabinete de ministros de la Nación, Alberto Fernández, a quien no le disgustaría ser Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires a partir de 2007, el lanzamiento de CFK le parece un proyecto que no está en cabeza de los hombres del poder.
En un punto, Alberto F. lo estigmatizó esta semana a Aníbal F. por lo precoz del lanzamiento, pero la intención de ir configurando más poder desde el poder no puede ser negada. A esto parece estar dedicada una fracción considerable de las personas que trabajan cerca del Presidente, pese a que los resultados esencialmente positivos para el Gobierno en las elecciones del domingo pasado deberían haber calmado las ansiedades de muchos y habilitado un espacio consagrado a la gestión de los asuntos públicos.
Sin demoras, el Presidente recibió días después del triunfo en la provincia de Buenos Aires, al intendente de Olavarría, Helios Eseverri, un veterano que aceptó trabajar para el Gobierno luego de una dilatada trayectoria en el radicalismo. Al salir del encuentro, Eseverri explicitó los deseos de Kirchner hoy: quiere repetir en la Argentina lo que cree es el modelo político de la gobernante Concertación Democrática de Chile, una alianza formal y explícita entre dos partidos grandes y de histórico recorrido (el socialismo y la democracia cristiana), a los que se unen dos fuerzas menores, el Partido por la Democracia del actual presidente Ricardo Lagos, y el pequeño Partido Radical. Pero la versión kirchnerista de la Concertación chilena es peculiar: en la Argentina, lejos de esa sociedad de partidos (estructura que el Presidente detesta y a los que denomina ¨corporaciones¨), su ideal es una combinación dirigida por él con la etiqueta FPV y a la que se vayan sumando, sueltos e individualmente, radicales, socialistas y peronistas de historiales diversas. En definitiva, la Concertación que barruntan en la Casa Rosada es el modelo 2007 de la abortada transversalidad fantaseada en 2003.
En el Gobierno no hay planes para aceptar identidades diversas que tengan su propia orgánica autónoma. Se admira, por ejemplo, a la futura presidente de Chile, Michele Bachelet, pero cuando se le preguntó a Kirchner qué opinaba del debate por TV que Bachelet aceptó con todos los otros candidatos presidenciales de su país, incluso los más pequeños, el argentino replicó algo así como ¨Pero ¿qué quieren? ¿Cómo va a comparar a los candidatos chilenos con los que Cristina debería haber enfrentado en un debate en la provincia de Buenos Aires?
O sea, que está bien que la socialista Bachelet debata sin atenuantes ni complejos con neo-pinochetistas y marxistas independientes, mientras que, en la Argentina, CFK ni siquiera parece aceptar la identidad y existencia de los diferentes, o los enfrentados a ella, como Chiche Duhalde, Maffei, Brandoni y López Murphy. La explicación no es ardua: en el pensamiento del oficialismo, tiene vigencia la cooptación, no la asociación. Mil veces, han dicho que el modelo que ellos sostienen es el del Perón 1945: un líder, un aparato y, por debajo, personalidades individuales que, de izquierda a derecha, van siendo atraídos al centro de gravedad del sistema, o sea el actual presidente.
La obsesión electoral es una recurrencia que se presenta como inmanejable en ámbitos gubernamentales, aun cuando pueda tener visos de legitimidad analizar las variables a las que apelará el Presidente para consumar la segunda etapa de su mandato. Nada permite asegurar que el Dr. Kirchner tiene ya un curso de acción prefijado. Sus primeros 29 meses en el poder exhiben una elasticidad evidente en las opciones e intentos por los que discurrió. La pregunta central gravita, empero, en torno de la línea que seguirá Kirchner respecto de su pertenencia al justicialismo, y –en caso afirmativo- el papel que él se reserva en dicha alternativa.
Hay peronismos provinciales relativamente auto suficientes que se permiten una relación con Kirchner sin sometérsele y en condiciones de alta paridad, como en los casos de Córdoba, Salta y San Luis. Otros han derivado directamente hacia la constelación kirchnerista, como Chubut, Tucumán, La Rioja, Misiones, Formosa, Entre Ríos, San Juan y Jujuy, por ejemplo, ocho provincias donde el acuerdo de los gobernadores con un Presidente en condición de jefe está a la luz del día. ¿Cómo hará el Presidente para barajar tantas realidades que se siguen reconociendo como parte de la galaxia justicialista?
La alternativa de cargarse al hombro el Partido Justicialista podrá ser incómoda para ciertas ensoñaciones intelectuales que tratan de imaginar a un Kirchner mucho más transgresor de lo que realmente es y que, en consecuencia, daría vuelta a la página y le dejaría el guardarropa del PJ a las viudas políticas del duhaldismo. Pero Kirchner tampoco recorrerá el camino exactamente alternativo, regresando al protocolo y al ritual del peronismo de siempre: es muy poco probable que este Presidente vuelva a entonar la Marcha de los Muchachos Peronistas, melodía de tiempos idos. Podría, sin embargo, advertirse que una recomposición democrática del justicialismo sería un dispositivo saludable para la Argentina al adquirir la fuerza de una apuesta por la solidez de las estructuras, rasgo que el peronismo siempre tuvo dificultades en asumir.
Un movimientismo amorfo y poco estructurado convierte al Ejecutivo en una aspiradora indetenible e incontrolable. El Estado deviene, así, fuerza partisana solo interesada en preservar situaciones de coyuntura. Importa enseñar que no es eso Chile. Primero hubo dos gobiernos escrupulosamente armados sobre la base demócrata cristiana (Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz Tagle) y sus socios de izquierda, y ahora hay una administración socialdemócrata (Lagos). A comienzos de diciembre, el pueblo chileno elegirá por primera vez a una mujer como presidente (Bachelet), segunda socialista que llega a La Moneda (el primero fue Salvador Allende, de 1970 a 1973). Allí, nadie se devora a nadie, los partidos existen, los acuerdos se cumplen. Esa es la Concertación realmente existente.
Las elecciones del 23 de octubre arrimaron más de seis millones ochocientos mil votos para los candidatos de Kirchner, un 40 por ciento del casi 71 por ciento que fue a votar. ¿Es legítimo sumar ese 29.25 por ciento que no fue a votar con 12.22 por ciento que si fue a las urnas pero para votar en blanco o anular su voto? Este columnista opina que no, entre otras razones porque nadie puede atribuirle un signo específico e incuestionable a una masa anónima de gente que se queda en su casa por razones diversas y a menudo contradictorias. Además, ahora que se sabe que, en último análisis, nada terrible acontece al no votar, ese 70 por ciento de votantes también puede ser interpretado como un índice relativamente saludable del sistema.
Las tonterías de corto plazo irán retrocediendo, inevitablemente. Al Gobierno lo espera salvar ahora con altura los sofocones de la llegada de George W. Bush a Mar del Plata y los desenlaces de la IVª Cumbre de las Américas, de la que se habla casi nada porque todo el mundo anda agitado con la llegada de un hombre poderoso al que nadie se le podrá acercar realmente mucho.
La Argentina como país debe apropiarse de cuestiones más serias que las aspiraciones provinciales de algún ministro o el futuro políticamente luminoso de la mujer a la que desde el oficialismo llaman ¨un cuadro¨ (Aníbal F.) o un ¨cuadrazo¨ (Hugo Moyano). La victoria electoral ya sucedió, ahora aguardan ser resueltas muchas aburridas, pero implacables, efectividades conducentes.



