LA PLATA (AIBA). No hay orden y sobra permisividad. Que no es lo mismo que tolerancia. Se nota. Está a la vista. Y no precisamente desde ahora.
Avanza, incontenible, sobre las ciudades del Conurbano. Pero empezó en Buenos Aires, la Capital y antigua París sudamericana. Que fue el ejemplo. El espejo en que mirarse. La imagen para copiar.
Se trata de la marea de vendedores de ocasión, que desparraman sobre el piso sus chucherías. Que a veces son artesanales y muchas otras no. Al fin, las pilas, el papel tisú y los paraguas que aparecen, como por arte de magia, en manos de una treintena de
vendedores ambulantes, apenas llueve, no son productos artesanales. Tampoco son artesanos quienes los ofrecen a los peatones.
A veces trabajan por cuenta propia y otras por cuenta ajena. Como en el caso de los paraguas de Florida, la peatonal venida a menos. Que son provistos, a modo de comodato, a los comerciantes informales, por mayoristas ilegales, que permanecen ocultos y protegidos en las sombras. Organizando la distribución ' al toque 'y aguardando la recaudación, apenas cese la lluvia.
Los vendedores ambulantes, violando expresas normas de higiene, que a los comerciantes comunes suelen costarles alguna multa o dádiva al inspector de turno para evitarla, desparraman, sus productos sobre el suelo sucio, en el lugar que se les ocurra como el más estratégico y concurrido. .
Ocurre, desde hace rato, en las inmediaciones de las estaciones de ferrocarril, Constitución, Once, Retiro. También en las calles de Pompeya y el parque Centenario. Y siguen nombres de lugares tomados.
En esos sitios se han formado curiosos centros comerciales ilegales, finalmente legitimados por los el uso y la costumbre. Sin embargo, cada vez que se produce una denuncia publica, generalmente efectuada por la Prensa, las fuerzas municipales, acompañadas por las de seguridad, proceden a desalojar a los intrusos. Que de todos modos vuelven. Eso, porque consideran tener derecho, en tiempos de crisis, a rebuscársela como puedan. Incluso, no faltará el que pretenda ampararse en el articulo 34 del Código Penal, argumentando el Estado de Necesidad.
Vuelven por necesidad pero también porque pagan peaje o alquiler por el espacio. Saben, entonces, que gozan de impunidad. Y que los desalojos son circunstanciales. Una cortina de humo. Después, todo seguirá igual. Como los desarmaderos de autos que nadie desarma y, los locales de venta de pasacassetes y teléfonos celulares robados, que nadie clausura. Y que todo mundo sabe donde funcionan. Y no precisamente a escondidas.
Es la historia de nunca acabar. Se reitera con agotadora insistencia, coincidiendo con denuncias periodísticas. La más cercana, la de La Nación, sobre la peatonal Florida, convertida en un mercado persa por el que también deambulan organizadamente limosneros y pedigüeños,. Entre ellos las rumanas que se abalanzan sobre los transeúntes pidiendo asistencia chillonamente.
Hace dos años otro matutino, La Prensa, denunciaba en una serie de notas a doble página, situaciones similares o parecidas. Luego profundizadas..
No se hizo nada. Solo cortinas de humo hubo. Se perdió el orden, aumentó la permisividad, se perfecciono la impunidad. Y así estamos, ahora. En un estado de confusión generalizada .Donde todos tienen razón. Los que pretenden vender lo que sea, para comer, y los que pretenden vender en paz, sin competencias informales. Porque para eso pagan impuestos y tasas municipales, alquileres, sueldos, gas y electricidad, multas.
Y a veces coimas para evitarlas.
Ahora no hay remedio. O sólo uno; ubicar a los ambulantes en un predio común alejado de los comercios a las que ahora obstaculizan. Algo que tampoco será fácil. Porque los informales pretenderán vender en lugares estratégicos. Que son los que eligieron y ocupan, Y con los que algunos delincuentes de marca mayor hacen buenos negocios, amparados por una Justicia que no está, no se ve.
En tanto, el problema, potenciado por la radio y la televisión, a falta de otras noticias, se agrava. Y la solución no está, no aparece. Los artesanos truchos se corren un poco, hacia otras calles. Pero después vuelven. Siempre vuelven. Como volvieron a Once y Retiro, luego de violentos desalojos. Encima, la Crisis, hace que los informales amplíen a los costados las ferias de los artesanos legales o auténticos. Y les hagan perder el encanto y interés original.
No hay orden, sobra permisividad y a nadie se le ocurriría recitar aquello de que 'cada lechón en su teta es la forma de mamar'. Porque aquí hay muchos lechones en cada teta, Y la mayoría de ellos no son los originales, se trata de ' colados' De intrusos que están hambreados y se enteraron de que existía una teta abierta..
Entonces aprovechan, por estado de necesidad. O porque la tentación es grande y las posibilidades muchas.
A esto, nos llevó la permisividad , la excesiva tolerancia. Se perdió el orden. Y lo mismo sucedió con el equilibrio. Ahora, no se pueda arreglar lo que podía arreglarse en el principio de una historia que se fue de las manos de una autoridad que no existe. Y que en su tradicional gatopardismo hace como que cambia algo para que todo siga igual.
Quede demorado. Y, si puede, que lo solucione en próximo turno.
En Buenos Aires, la Capital, del país, soplan hoy malos aires. Y no sólo en Florida. En tanto, la marea incontenible de los vendedores ambulantes avanza conquistando espacios.
La empujan los malos aires, unos pocos pícaros que la usan para sus turbios negocios y la incapacidad manifiesta de los que reinan pero no gobiernan.



