"La iluminación se cosecha más y mejor con aquello que más nos cuesta reconocer y corregir", señala el padre Rufino Giménez Fines.
En este trigésimo domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de San Lucas, Capítulo 18, versículos del 9 al 14: "A unos que alardeaban de su propia rectitud y despreciaban a todos los demás, Jesús les contó esta parábola: 10 — En cierta ocasión, dos hombres fueron al Templo a orar. Uno de ellos era un fariseo, y el otro un recaudador de impuestos. 11 El fariseo, plantado en primera fila, oraba de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque yo no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Tampoco soy como ese recaudador de impuestos. 12 Ayuno dos veces por semana y pago al Templo la décima parte de todas mis ganancias". 13 En cambio, el recaudador de impuestos, que se mantenía a distancia, ni siquiera se atrevía a levantar la vista del suelo, sino que se golpeaba el pecho y decía: "¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador". 14 Les digo que este recaudador de impuestos volvió a casa con sus pecados perdonados; el fariseo, en cambio, no. Porque Dios humillará a quien se alabe a sí mismo; pero elevará a quien se humille a sí mismo".
"Los recaudadores de impuestos (en nombre de Roma) eran calificados de extorsionistas e injustos. Se los consideraba religiosamente impuros; por consiguiente, su casa y toda casa en la que entraran también era considerada impura. En cambio, los fariseos eran fieles observantes de la ley mosaica (se compone de 613 instrucciones) sobre todo los mandamientos que tenían que ver con el diezmo y la pureza", explica el Padre Rufino Giménez Fines y agrega:" Hoy los invito a meditar sobre la necesidad de pedir perdón y reconocernos pecadores, pero no como un mero formalismo sino como una genuina búsqueda interior. No se trata de vivir con culpa, sino sin ella. No se trata de naturalizar nuestros lados oscuros, sino más bien, a partir de reconocerlos, trabajar en ellos. Reconocernos pecadores es un requisito para comenzar nuestra celebración eucarística, y también nuestra oración personal. Hay que pedir perdón no con miedo, sino con la confianza del hijo que se sabe amado por Dios que se hizo carne para habitar entre nosotros. En este pasaje, Jesús, con dos pinceladas nos pinta un cuadro que vale más que cientos de palabras y de reflexiones teológicas… En su oración, el fariseo le cuenta a Dios lo bueno que él es e incluso menciona sus buenas obras por si acaso Dios no se ha dado cuenta… en el otro lado del cuadro tenemos al recaudador de impuestos, quien se enriquece con el dinero de los demás y recauda para la fuerza de ocupación. El recaudador no tiene nada que presentarle a Dios, solamente su miseria espiritual, y por lo tanto su oración es una sincera solicitud de perdón y purificación. Lo que Jesús nos dice es que el recaudador, a partir de su sinceridad en su diálogo con Dios, es quien de los dos fue perdonado: es su humildad lo que lo eleva. En cambio, el fariseo no hablaba con Dios sino más bien con sí mismo. No fue una oración, y por lo tanto no purificó sus pecados. Más bien, sumó uno más".
"Esta parábola tan bonita y sencilla tiene que interpelarnos. ¿Nuestra oración y conversión nace de nuestro amor al Padre o es un acto narcisista? Yo puedo estar orgulloso y feliz con lo que he realizado, pero sin olvidar de ofrecerlo al Señor, quien es el que lo ha hecho posible. De vuelta: no por mera sumisión infantil, sino merced a una evolucionada conciencia espiritual. Igual que un padre lo hace con su hijo cuando cae, Dios nos levantará. Pero primero tenemos que tomar conciencia de esa caída: el daño que nos hemos hecho a nosotros mismos y por extensión a los demás… de no ser así, no estaremos al límite de nuestra capacidad ni para nosotros ni para los demás. En esta parábola, lo que Jesús quiere decirnos es que el pecador quien reconoce su estado recibirá misericordia, porque estará abierto a recibirla. El orgulloso quien se cree justo, se equivoca. El fariseo es el que cree salvarse por sus méritos propios, por el cumplimiento de la ley, pero desde la formalidad y no desde la iluminación espiritual. El recaudador de impuestos o publicano, es un pecador que no llega a realizar su ideal y tropieza constantemente ya que no cuenta con sus propias fuerzas. Su plegaria es genuina y desesperada. El fariseo, en cambio, es una persona formada en la ley mosaica y con virtudes manifiestas: es un hombre practicante, fiel y hasta generoso. Pero esas cualidades están envenenadas por el orgullo y un amor propio desmedido que no lo deja elevarse. Aquí vemos bastante claro lo inclusivo y por tanto ruptural del mensaje de Jesús para su tiempo respecto a la ley, al darle visibilizar a prostitutas, corruptos recaudadores de impuestos, jueces indolentes que no respetan ni a Dios ni a los hombres, pobres, leprosos, samaritanos… Todos marginales en términos espirituales que son considerados en la medida en que se arrepientan de corazón, porque hasta ese momento pareciera que ni siquiera tenían el derecho a arrepentirse. A su vez, Jesús confronta a aquellos quienes desde lo formal y social parecían tener el cielo ganado de antemano. Resumiendo: en esta parábola, el orgulloso hablaba desde la arrogancia, y el publicano, en cambio, desde el corazón. Entonces, ¿Vivimos nuestra fe como el cumplimiento de un simple código de normas, o nos sentimos sostenidos por la mano de Dios? ¿Buscamos el reconocimiento público de manera activa u ofrecemos y agradecemos nuestros logros a Dios en la profunda y dulce intimidad de la oración sincera? Todos corremos el riesgo de caer en la actitud farisaica cuando me considero el mejor vecino o el inigualable amigo; cuando pienso que nadie desarrolla el trabajo como yo; cuando prejuzgo y descalifico a los demás; cuando voy perdonándole la vida a quienes no caminan al mismo ritmo que yo o la vida no les ha sonreído como a mí… cuando me considero más formado y quiero imponer mi mirada a como dé lugar, sin siquiera escuchar qué tienen para decir. En este pasaje, la sentencia final de Jesús se refiere a la humildad necesaria para la oración. Sin ella, la misma oración queda pervertida. Tal vez, una forma de poner en práctica el evangelio de hoy, es ocupar los primeros bancos de la iglesia no para relatar nuestros éxitos a Dios sino para que seamos cada día más sensibles al gran valor que tiene estar cerca del altar que es el lugar sagrado desde donde Él habla. A fin y al cabo, la iluminación se cosecha más y mejor con aquello que más nos cuesta reconocer y corregir", concluye el sacerdote Rogacionista.



