Subí un ascensor con siete u ocho personas. Desde planta baja tenía que ir hasta el noveno piso. Arrancó el ascensor y una persona comenzó a toser, en un acto reflejo contuve la respiración por unos instantes. En el tercer piso otra vez tuvo un nuevo episodio de tos, volví a contener la respiración y después comencé a respirar superficialmente. Me daba la sensación que el aire ya estaba contaminado.
Cada vez que se abría la puerta del ascensor mi mente dirimía entre salir o quedarme. Por salud mental, no podía salir corriendo de un ascensor porque una persona tosió, pero por otro lado sentía que debía ser responsable y cuidar de mi salud física. Las otras personas del ascensor permanecían como si nadie hubiera tosido.
Mientras escucho el quejido de una garganta, recuerdo los mates cocidos en la casa de la Nona. Todavía en ese tiempo, la Nona seguía comprando leche de vaca pura que traía el lechero en unas botellas de vidrio. Al hervir se hacía una capa gruesa de gordura y entonces la Nona la diluía con agua, porque decía que pura era muy fuerte para nosotros.
A veces nos hacía el mate cocido en un jarrón grande y cuando nos servía el mate cocido, con una cuchara sostenía la capa de nata para que no se caiga en las tazas, pero si algún pedazo se zafaba de la cuchara de contención, ella lo detenía con un soplido. Por lo tanto, prácticamente, servía cada taza de mate cocido soplando el jarrón de leche caliente.
Yo siempre fui medio sensible para estas cosas: evitaba tomar del vaso de otro o compartir una cuchara, pero por suerte no me pasó lo mismo con el mate. En una de esas tardes, me animé a decirle a la Nona que a mí me gusta con un poco de gordura, que no hay problema si se cae un poco. La Nona me dijo que no, que no es buena para los chicos y sopló durante el llenado de mi taza de mate cocido como siempre.
Un poco por hambre, otro poco por ser como los otros; tomaba el mate cocido soplado, pero con mucha incomodidad, aunque sabía que después de terminar cada mate cocido no me iba a pasar nada, no me moriría ni iba a sentirme mal.
En todas esas tardes aprendí a no ser tan susceptible a estos detalles de la mente. La Nona nos quiso, ahí es donde me guío. Si me quiero bien, me cuido bien.



