Las relaciones humanas tienen un trasfondo animal y de alguna manera se manifiesta lo instintivo. Reaccionamos, muchas veces sin darnos cuenta, un poco con estereotipos, un poco con razón y un poco con instinto.
Recibí un elogio de alguien que aprecio y le temí, fue una emoción refleja. Bajé la mirada para pensar. No me gusta depender emocionalmente de las personas, me siento débil si lo hago. Me gusta sentirme fuerte, me siento fuerte si soy solo yo con mi visión de mundo.
Mientras intentaba acomodar el elogio en mi cabeza, recordé cuando en la casa de la Nona se cayó un sapo a la pile. Los días que no eran de verano, por lo general, el agua de la pileta estaba sucia y de vez en cuando aparecía uno o varios sapos dentro de la pile. Los sapos se ahogan si no tienen algo donde apoyarse, se sostienen de la pared por un rato para respirar y después tienen que seguir dentro del agua, pero no resisten mucho tiempo. La Nona, dejaba una madera para que descansen los sapos y sobrevivan. A veces, según ella, desde la madera con un salto lograban salir de la pile, dato incomprobable porque con o sin maderita siempre aparecía alguno flotando.
Un día encontramos a un sapo dentro de la pile, le preguntamos a la Nona si lo podíamos sacar y nos dijo que sí. Entonces nos pusimos en plan rescatar al sapo: Un poco con un balde y otro intento con una madera ancha y la larga. Cada vez que intentábamos acercarnos el sapo se hundía y salía a respirar al otro lado de la pile. Así estuvimos un buen rato, nos fue imposible poder sacarlo. Era muy escurridizo. Casi, casi que lo teníamos y siempre huía victorioso. El sapo, obviamente, no podía entender nuestras buenas intenciones rescatarlo, no había forma de acercarse a él sin más modo que asustarlo.
Huir o temer es instintivo, confiar es elevado.



