Alguien me vino a contar un problema. Hice un esfuerzo por intentar comprenderlo en su aflicción, pero no pude. A mi entender se estaba ahogando en un vaso de agua, estaba exagerando en su sentir. Supuse que podía estar aquejándole otra cosa y se despachaba con este tema para desahogarse de alguna manera.
Mientras me cuenta y sigue dándole vueltas a su problema, vino a mi mente la historia de Pepe en la casa de la Nona. Uno de los primos más chicos se había puesto a hacer la tarea del colegio. Son tareas que se resuelven rápido: Dos cuentas o dos oraciones y listo, ¡A jugar!
No recuerdo exactamente la oración, pero tenía que escribir algo así como: "Pepe sale a pasear". Mi tía le dijo "Ahí no dice Pepe", borrá eso. Mi primo había escrito "PP". Obediente lo borró, pero no sabía qué escribir. La miró a mi tía fijamente, esperando que le explique mejor. "Escribí Pe" le dijo la tía y mi primo escribió "P". "Escribí Pe, no la P sola, falta la E" le explicó.
Entonces escribió Pe. "Bien" le dijo mi tía, "Ahora escribí Pe otra vez y listo". Mi primo continuó "Pep". La tía insistió: "Todavía no dice Pepe, ¿Qué le falta? ¿Qué dice ahí?". "Pepe", le dijo mi primo.
Mientras tanto, nos matábamos de risa entre nosotros. Parecía imposible que realmente no pudiera escribir esa palabra. Nos tentabamos, porque mi tía estaba perdiendo la paciencia y se iba a enojar si veía reírnos de la situación.
Mi tía siguió: "¿Qué le falta para que diga Pepe?". Mi primo la miraba y no se animaba a arriesgar nada. "La E le falta para diga Pepe" le dijo. Mi primo escribió la E que faltaba para por fin poder escribir Pepe, se quedó mirando el nombre, y le dijo a mi tía: "¿Para qué está la E si con dos P ya dice Pepe?".
"No te hagas el gracioso", le dijo mi tía "Se escribe así y punto".
El relato un tanto desesperado continúa y hasta el momento no he sido un buen confidente. Voy a hacer un esfuerzo para escuchar, porque desde afuera las cosas siempre se ven más fáciles.



