Dos ignotas mujeres, protagonistas de un profundo mensaje aún vigente en nuestro tiempo.
En este decimosexto domingo del Tiempo Ordinario corresponde la lectura del Evangelio según San Lucas, Capítulo 10, versículos 38 al 42: "Mientras seguían el camino, Jesús entró en una aldea, donde una mujer llamada Marta le dio alojamiento. 39 Marta tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras. 40 Marta, en cambio, andaba atareada con los quehaceres domésticos, por lo que se acercó a Jesús y le dijo: — Señor, ¿te parece bien que mi hermana me deje sola con todo el trabajo de la casa? Por favor, dile que me ayude. 41 El Señor le contestó: — Marta, Marta, andas angustiada y preocupada por muchas cosas. 42 Sin embargo, una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la arrebatará".
"Como en la lectura del domingo pasado – señala el Padre Rufino Giménez Fines- con la parábola del buen samaritano, donde vimos dos conductas en oposición para despertar en nosotros la empatía y el espíritu solidario con los que sufren (e incluso a no ser prejuicioso con aquel que no pertenece a nuestra comunidad), aquí también nos encontramos con Marta en actitud de servicio y hospitalidad; mientras que María, a los pies de Jesús, escucha atentamente la Palabra. Jesús no vino para ser servido, sino para predicar. Su respuesta a Marta no es una descalificación a su actitud de servicio, sino una corrección en términos espirituales: el servicio, si no es fruto de la escucha del mensaje del Maestro, es decir, del crecimiento interior, no es más que una conducta plausible pero hueca e intrascendente…"
"Hay que pensar también –agrega el sacerdote Rogacionista- que en aquellos tiempos las moradas eran más bien muy precarias y de un solo ambiente, de poca iluminación, no muy confortable, que servía para todo. Es decir, que por esa razón las visitas eran recibidas más bien afuera que dentro. Marta tiene la puerta abierta y Jesús entra a su casa… tengamos la puerta abierta de nuestros hogares, es decir, seamos acogedores como lo fue el profeta Abraham quien acampó con su gente y su rebaño en aquellas tierras desérticas. Fue entonces que ve a tres desconocidos que necesitan descansar y reponer las fuerzas para continuar su viaje… Abraham recibió a Dios mismo, y anuncia a Sara (quien era anciana y estéril) que tendría un hijo y heredero. Hoy día, las condiciones no son muy diferentes: tenemos miedo unos de otros, a veces ni siquiera conocemos el nombre de quien vive en la casa de al lado. Casas cerradas, con alarmas, rejas… pero si quisiéramos y confiáramos plenamente en el Señor, estaríamos más atentos a los demás y a servirlos de ser necesario".
"Pensemos en María: está haciendo algo casi prohibido en aquellas épocas. Las mujeres no iban a la escuela ni a la sinagoga. Los maestros de Israel no aceptaban mujeres entre sus discípulos. Sin embargo, María no se siente condicionada por estos privilegios masculinos y escucha atentamente a Jesús, quien a su vez no la reprende por eso. Hay otro mensaje ahí mismo, toda una perspectiva de género como se dice ahora. De hecho, este episodio, que parece menor a nuestros ojos contemporáneos es una más de las acciones de Jesús que, en definitiva, escandalizaban a los de su tiempo: Tratar a las mujeres igual que los hombres, es una de ellas. Por esto mismo, Marta piensa que la presencia de María es molesta e indebida para Jesús, quien, lo sabemos, está inaugurando un tiempo nuevo. No se trata de ser Marta, o ser María, sino de ser ambas a la vez. Todos debemos trabajar, cuidar nuestras tareas cotidianas, claro… pero sin dejar de escuchar la Palabra del Señor, que ilumina el sentido de nuestras vidas y que, en definitiva, pasa por la entrega y el amor. En Marta y María vemos dos actitudes ante el Señor: la activista y la contemplativa. Jesús alaba a María quien está a su lado en contemplación. Por supuesto, el trabajo es necesario, pero es algo que por momentos nos termina distrayendo de la necesidad de la oración, del encuentro con la Palabra, que pasa a ser algo secundario en nuestras vidas. Cristo nos advierte que la oración es indispensable para que nuestra acción sea provechosa. Porque con nuestra oración, hacemos eficaz nuestra acción… Dicho de otro modo: hacen falta tanto la acción del cirujano, como la prédica del sacerdote. Pero con la oración, por ejemplo, ayudamos al cirujano y al sacerdote para que acierten. Por eso, debemos ser contemplativos en la acción… es decir, no podemos quedarnos sentados, pero siempre unidos a Cristo: trabajen para y con Dios, y todo cobrará sentido en nuestras vidas", concluye.



