Hace un tiempo que escucho música brasileña. Me atrapó esa forma que tiene de pronunciar las palabras parecidas al español: "Avião de papel" era la canción que sonaba, es de esas canciones de amor que hablan de corazones rotos donde la destinataria ya está con otro y el consuelo es solo una canción. Esto que el avión de papel me representa todo un fracaso no es nuevo, ya tiene varios años.
Una mañana con mi hermano hicimos unos prototipos de aviones con hojas de diario en el garaje de la casa de mi abuela. No había viento, claro, por eso no volaban bien. Éramos niños, ese era el razonamiento. Así fue como más o menos aliviamos la torpeza porque armar un avión de papel que vaya bien lejos es un juego altamente frustrante. Son esos juegos imperfectos con los que uno aprende a perder, sobrellevar un mal paso y a conformarse con poco.
Resignados, reinventamos el juego: Ahora la gracia era cuál llega más cerca al portón. Ya no importaba que tan elegante cortaban el aire nuestros aviones, había que llegar al portón de chapa. Entre tanto llegó un tío que, viendo nuestro fracaso, se entusiasmó en hacer uno; no sé si para enseñarnos o para presumirnos de su adultez. Hizo uno, otro, varios; con igual resultado que nuestros prototipos de super jet. Luego dio varias excusas y se fue. Con mi hermano concluimos, solo con la mirada, que no somos tan tontos ni nadie es tan genial.



