Una cuadra antes de llegar a la parada vi que pasaba el Chevallier. Ese es mi colectivo me dije. Miré el reloj y vi que pasó unos minutos adelantado, pero igual me recriminé no haber llegado antes.
Me bañé y me vestí tan rápido como pude. Y sí, la verdad es que no tenía ganas de ir, era un trámite tonto que me exigía recorrer 160 km entre ida y vuelta.
Hay un inconsciente que lucha con nuestra conciencia y el deber. Mi inconsciente se quería quedar, tenía fiaca, mientras que el deber me decía que tenía que tomar el colectivo.
Me senté a esperar el próximo bondi, que llegaría en unos veinte minutos, me miré las zapatillas y me acordé cuando se perdía alguna en la casa de la nona.
Muchas veces cuando algunos de los primos se estaban por ir y juntaban las cosas que habían traído, a último momento todos nos poníamos a buscar una zapatilla. Fijate debajo de la cama! Dónde te descalzaste? A dónde la dejaste? Y me descalcé acá!
Con el tiempo descubrimos que no decir dónde está la zapatilla o el paraguas o lo que sea, nos daba unos minutos más de juego, era un ratito más, pero significaba un montón.
Lástima que nos descubrieron el truco enseguida y nos presionaban a decir la verdad. ¿En verdad la perdiste? Mentira piadosa, queríamos seguir jugando. Todavía me queda la impresión que más de una vez nadie quería encontrar la zapatilla, todos nos queríamos quedar.



