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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 24/dic/2021 de La Auténtica Defensa.

La bicicleta
Por Guillermo Alejandro Fontes Ravetta




Jorge estaba enojado. La Navidad había dejado de tener sentido para él desde que había descubierto el secreto.

Desde ese momento, que no esperaba y no quería, ya nada le parecía igual. Todo se había derrumbado como un castillo de naipes enfrente de sus narices.

La magia de la fecha tan esperada por casi todos, para él, había desaparecido.

Su familia, era una típica familia de clase media baja, que vivía desde no se acuerda cuando en los edificios de Villa Soldati, pasaba su existir entre penurias y necesidades, sus papás eran, él barrendero y ella enfermera, pero aun así con dos trabajos apenas llegaban a fin de mes.

Esos edificios que originalmente se pensaron como un refugio para quienes no tenían lugar donde vivir se convirtió con el tiempo en una zona de guerra entre bandas y delincuentes.

Aunque no todos eran así, la mayoría de las familias eran gente trabajadora, gente de bien, pero tal y como dice el refrán, muchas veces "pagan justos por pecadores"; por lo que vivir en esa zona traía aparejado de por sí un estigma social muy difícil de erradicar.

Jorge ya se había dado cuenta de eso en el colegio, lo trataban como si tuviera gripe encima, sus compañeros rajaban de al lado en cuanto podían, todos excepto Germán.

Germán era su mejor amigo, su compañero de aventuras, era a quien le confiaba sus secretos, sus temores, sus sueños.

Una mañana, Germán llegó al colegio agitado, pálido, tomó del brazo a Jorge y lo llevó a un rincón, acercó su cabeza y en el oído, le compartió el terrible secreto que se había enterado.

La cara de Jorge se desfiguró.

— No lo puedo creer —exclamó Jorge. — ¿Es en serio lo que me estás contando?

— Créelo, —le dijo Germán, yo lo vi.

Su enojo y frustración sobrepasaba cualquier sentimiento que pudiera albergar en su corazón.

Ya casi un año transcurría desde ese momento.

Esa Nochebuena estaba decidido a cambiar ese sentimiento de amargura por venganza, ya no sería el niño tonto que le toman el pelo.

Y para eso, diseñó un plan perfecto, sabía que sus padres guardaban en el fondo del placard una pulsera de oro que les habían regalado para cuando se casaron.

Él sabía que era un tesoro para ellos, así que estaba decidido a demostrarles que su baratija, para él era una simple baratija, les importaba más que su propio hijo.

Esa noche busco esa pulsera sin poder encontrarla, sentía que su plan empezaba a fracasar.

Pensó rápido, ya que la hora se acercaba y decidió entonces enfrentar la situación, es en esos momentos, dicen, que cuando enfrentamos nuestros temores más profundos, es cuando maduramos.

Entonces es tiempo de madurar.

Esperó sigilosamente detrás del sillón hasta que todos se fueran a dormir, es más casi se duerme también.

Pero las palabras que Germán le había dicho en el patio del recreo le resonaban en la cabeza desde principios de año.

Cuando estaba por rendirse a Morfeo, sintió un ruido fuerte en la entrada del garaje.

Espió por el costado y vio como sin ningún tapujo entraban una bici flamante, reluciente.

Su sorpresa fue enorme, justo la bici que quería, pero a la luz de lo que ya sabía no pensaba que ese año se la pudieran regalar, el trabajo de la familia era muy escaso en esa época y la situación del país era aún peor.

Su asombro no logró cambiar sus sentimientos de furia, cuando estaba a punto de salir y desenmascarar a esos impostores vio como se fundieron en un abrazo y ella le susurró a él en el oído: —por suerte nos pagaron bien por la pulsera, mientras una lágrima le rodaba por su mejilla.

Quedó petrificado atrás del sillón sin poder moverse.

Esas palabras fueron como un baldazo de agua fría.

Espero en silencio a que se fueran y se acercó tímido a la bici, del manubrio colgaba un cartel, todo colorido, que decía:

"Porque este año fuiste un muy buen chico, con amor Papá Noel".

Ahí comprendió todo, su ignorancia, su simpleza, su estupidez.

Ahí comprendió que lo que cada año pasaba en su casa no era un vil engaño.

Lo que cada año pasaba en su casa; era un milagro de Navidad.


Guillermo Alejandro Fontes Ravetta, miembro de SADE Campana


 
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