Siempre me pareció brillante la letra y la música de Alberto Cortez "Cuando un amigo se va", pero hoy adquiere para mí una re significación luego de la muerte, días pasados, de Gustavo Parravicini.
Con Gustavo nos unía esa historia temprana de pertenecer a un mismo terruño chico, nuestra infancia compartida en el Barrio Ariel del Plata; que para la mayoría de nosotros (niños en la década del setenta) fue un nuevo mundo que por cierto aislamiento con el centro de la ciudad, nos enlazaba entre la Escuela Nro. 22 Adela Aguiar, la cancha "grande" de fútbol del fondo del barrio, la plaza, la iglesia San Vicente de Paul y también ciertos lugares estratégicos que supimos descubrir para el encuentro; donde compartimos con complicidad algún cigarrillo, un vaso de cerveza, el primer beso de amores tempranos y ante todo una amistad inmensa que de alguna manera nos hermanaba.
Recuerdo tantas cosas de esos días con lujos de detalles, porque él fue una parte importante de esa infancia / adolescencia, donde las cosas que para los adultos parecían intrascendentes, para nosotros adquirían una relevancia suprema. En aquella etapa de la vida, un día sin vernos, un momento no compartido o una salida frustrada; nos parecía algo irrecuperable. Hoy a la distancia me doy cuenta que realmente era así, porque esos momentos son irrepetibles.
Claro que el tiempo se encargó de cambiar el escenario: Nuevas relaciones, más responsabilidades, el trabajo, la familia, las distancias... Y lo que parecía que nunca iba a cambiar casi sin darnos cuenta se transformó en un lindo recuerdo y una amistad subterránea, latente; que estaba allí esperando un pequeño empujón para, sin preámbulos, recuperarse y hacernos sentir tan pibes como éramos en aquel momento.
Algo así me pasó con Gustavo cuando volvió del Sur, donde se había establecido y participado con profunda convicción de la actividad política, habiendo formado parte de dispositivos de contención social en espacios desprotegidos, en un territorio sumamente hostil, ya sea por su geografía como por su clima.
Nos encontramos un día, compartimos una cerveza y nos dimos cuenta que esos lazos primarios que alguna vez nos unieron seguían intactos, aún cuando cada uno mantenía una autonomía intelectual que respetábamos y que también generaron encendidas discusiones que para nada cambiaban lo que cada uno de nosotros mantenía en nuestro haber: ese sentimiento de amistad eterna que nada ni nadie iba a poder apagar.
Hace dos semanas nos encontramos en su casa. Me esperaba sentado en un generoso sillón con una sonrisa en su rostro como aquellas noches de Ariel del Plata. Venía de una larga internación que le impidió poder disfrutar de un encuentro que tuvimos "Los pibes del Barrio" unos pocos días antes, pero que desde el sanatorio Gustavo siguió atentamente, disfrutando de las fotos y los comentarios que subíamos alocadamente a un grupo de whatsapp. Después de su fallecimiento me enteré por Sabrina, su compañera de vida, que había hecho un esfuerzo enorme para llegar hasta ese sillón para esperarme y recibirme, sin embargo se lo veía alegre y feliz de verme.
Charlamos largo y tendido, y como siempre surgió la política como eje temático: las elecciones en las que no pudo sufragar por su estado de salud, los liderazgos, los partidos políticos; y por supuesto algunas diferencias de ver la realidad que para nada nos separaba, al contrario, nos permitía diferenciarnos y mantener un diálogo intenso y fructífero.
Si algo destaco de esa charla eran sus proyectos, su cabeza puesta en un futuro mejor para los campanenses y en su honestidad intelectual. Está claro que aún después de varios años peleando contra una enfermedad que lo tuvo muchas veces contra las cuerdas, él nunca se dio por vencido y siguió luchando hasta que no pudo más.
Nunca creí que ese sería nuestro último encuentro, pero celebro de alguna manera que haya sido así, tan verdadero como fue nuestra amistad. "Cuando un amigo se va, queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río..." dice Alberto Cortéz en su canción, que hoy siento tan propia. Despido al flaco Parra, con los ojos llenos de lágrimas al escribir estas líneas, pero con los mejores recuerdos vividos siempre presentes en mi corazón.
Creo que a él lo pondría muy feliz que se lo recuerde por su compromiso con el prójimo. Por todos los años de su vida que dedicó a visibilizar problemáticas sociales poniendo el cuerpo y que hasta el último día de su vida lo mantuvieron atento y activo; sufriendo con dolor la desigualdad, la injusticia, la discriminación en todas sus facetas y también por su solidaridad ante las persecuciones a los pueblos originarios ocurridas en todo el país, pero sobre todo en la Patagonia; ese territorio que supo entender con cuerpo y alma como propio.
¡Hasta la victoria siempre!
GUSTAVO (EL MÁS ALTO) Y LOS PIBES DEL BARRIO



