Cumpliendo con lo prometido le compartimos la 2da. Parte de este relato ficcional ¡Esperamos sea de su agrado!
Claro que también necesito contar lo que ocurrió aquel día cuando yo vestía a la Niña para la gala de inauguración de una parte de la mansión Costa. Porque sabrán ustedes que ella ocultó a Mario con la más delineada perfección, sin margen de errores, calculó cada paso y calculaba los de la noche siguiente, y los de la siguiente… Ese día la Niña tocaría el piano para los invitados, cada detalle estaba programado, todo muy pensado, pero, el destino es el destino, y Mario había mandado un enorme ramo de rosas para la Niña. Ella alcanzó a verlo al tiempo que llegaban los primeros invitados y en medio de la desesperación por pensar que preguntarían "quién lo había enviado", levantó la tapa de su piano vertical y viendo que no era observada en ese instante por nadie, escondió el indeseado ramo. Arpa, cuerdas, martillos, todos obstruidos por el ramo de rosas oculto en el interior del piano y, por consiguiente, la música sonaba muy mal. La caja de resonancia se había convertido en involuntaria cripta de rosas, apenas un puñado de rosas blancas para la Niña. Las escondió, "era experta en el arte". Tocó un vals de Strauss, sí, "El Danubio Azul", pero los martillos no llegaban a las cuerdas, ella supo disimularlo (su arte) y como enamoraba al sonreír, los invitados restaron importancia al detalle. La velada se desarrolló normal y Mario, mudo testigo, desde la ventana que daba hacia el talar, pudo ver a la Niña, a su Niña, ella bailaba lentamente con un invitado, luego con otro, bebía alguna copa y sonreía. Esa noche, en la habitación, él no preguntó por el ramo, tampoco la siguiente; el hombre entendió que ninguna rosa opacaría la belleza de la Niña y no se dejó llevar por la fuerza de la palabra, no lo hizo ese día y no se lo permitió a si mismo jamás.
Pasaron los años y todos aguardábamos que, de un momento para el otro, ella nos reuniera para decirnos que Mario pasaría a ocupar un lugar en la mansión y que desde ahora en adelante él y ella … Pero no lo hizo jamás, lo escondió siempre, hasta el último día de su vida. Cuando la Niña enfermó gravemente, las sirvientas voceaban por Mario, todos lo sabían y en los alrededores, nadie ignoraba aquel romance. La mansión con sus paredes de lava espectral, clamaba por la presencia de Mario. Pero era la Niña la que no quería que supieran que ella estaba en amoríos con un peón. Se negaba a verlo. Mario aguardó con la paciencia del reptil y con la fuerza de la semilla, noche tras noche, detrás de la puerta de esa habitación que era suya también y que , palmo a palmo, como creía conocer el corazón de su amada. Hubiese bastado, el sonar de una campanilla, el chasquido de dos dedos, una sola palabra, hubiese bastado, un gesto liviano, o una tos adormecida, un sí, un no, apenas un ruido. Todos vieron a las sirvientas llorar, ellas eran mujeres, pero la tierra se partió en dos cuando vieron (vimos) que a él ya no le quedaron manos, más que muñones desgarrados, incrustados sobre la madera de "esa puerta" que ella no abriría, ni permitiría que abriesen. El grito le nació de la honda penumbra que no suele explicar nada y entonces se dio por vencido. Estaba violentamente vencido, habría roto la puerta a trompadas, pero no lo hizo, ya estaba viejo de tan vencido. Uno de los dos había ya dejado de respirar. Uno…ya había muerto. El otro, apenas dejaba entrever que el corazón le latía. Nadie entendió nunca por qué motivos la Niña eligió morir en la mansión Costa teniendo otras casas bonitas en Palermo.
Yo pienso que no eligió morir allí, por el contrario, allí la sorprendió la muerte y no se permitió un último y breve instante con él hombre de su vida. Simplemente por lo que yo sabía y… callaba. Los hombres del pueblo lo vieron montar a caballo (nada llevaba consigo) una mañana extrañísima que el calendario dejaba leer: 3 de mayo de1954. Dos desapariciones el mismo día. Dos llagas abriendo la misteriosa y desolada puerta de la infelicidad. "La muerte se regodeaba y tapaba con su grisácea y lacerada mano la boca de los que hubiesen hablado y ya no hablarían, de los que sabían y…no sabían nada. "No eran épocas para hablar de ciertas cosas." A lo lejos oyeron un ruido fortísimo, una estampida, un aullido, que dio de lleno contra los oídos de los hombres de la barranca. Ellos dicen que se oyó un tiro; yo creo (hoy sé) que fue a destino. Cuando a la mañana siguiente enterraron a la Niña. Una de las sirvientas dejó caer con disimulo, entre pala y pala, unos viejos pétalos que había sacado ese día del piano. Los vio hundirse en la tierra cálida, dejó que se perdieran, que se hicieran carne de la carne y, algún día, polvo con los huesos.
La casa ese mismo día quedó deshabitada, todas juntamos nuestras cosas y tomamos distintos rumbos, volvimos por donde habíamos llegado, desandando la infinita, mil veces infinita, senda de la incomprensión. Hasta que años más tarde, los herederos de Sofía , sus sobrinos, llegaron para rematar los elementos de la mansión y, no dejó de asombrarlos un detalle ya que no era un detalle menor. Tomaron cuantas fotografías pudieron del bello y derrumbado piano vertical, al que extrañamente, en su interior, le había crecido un bellísimo rosal, cuyas rosas blanquecinas y vivaces daban cuenta de lo fértil que había sido la tierra que las nutría. Algún tiempo después, del que no guardo registro preciso (por la vejez o por la pena), el Juez de Paz, sabiendo lo que hacía, recibió, sin poner resistencia, unas sillas que habían pertenecido a la mansión Costa. No quedaba de Mario más que la sombra de un hombre que pasaba sus noches bebiendo en el boliche y los días durmiendo en la comisaría, al amparo de la laboriosa e inútil mirada a una fotografía ajada que llevaba en el bolsillo y, a la que le hablaba cada vez que creía estar solo. El otro intentó, (orientó, una mirada) hacia la voz del juez. -Estás libre muchacho-, le dijo y le abrió la puerta, negando con su cabeza y torciendo la boca una vez más… una vez más. Le palmeó la espalda que otrora hubiese sido de roble. Una borrachera más le surcaba la cara de viejo desvalido.
De Mario quedaba eso: una pila de huesos resecos por las muchas botellas vacías, una torre de hombre viejo y grisáceo, una fotografía amarilla, un corazón que…latía, que seguía latiendo movilizado por el dolor y por nada más. Está ciego, -acompáñenlo, dijo el Juez y Mario, agradecido pero sin poder decir una sola palabra, se fue llevando un abrigo en la espalda, y se perdió, llevado del brazo como un fantasma opaco y lóbrego, por esas calles de Campana, una ciudad que le dolía, a la que él había decido echarle una última mirada, allá, lejos. Una mañana empuñada y fallida… por el año 1951.
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