Bombardeados a diario por múltiples estímulos, somos víctimas de un ruido que nos distrae de lo importante, demorándonos en nuestra búsqueda interior hacia una vida plena.
En este vigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de Marcos, Capítulo 7, versículos del 31 al 37: Jesús salió de nuevo de la región de Tiro y, pasando por Sidón, se dirigió al lago de Galilea a través del territorio de la Decápolis. 32) Estando allí, le llevaron un hombre que era sordo y tartamudo, y le rogaron que pusiera su mano sobre él. 33) Jesús se llevó al hombre aparte de la gente y, cuando ya estaban solos, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. 34) Luego, mirando al cielo, suspiró y exclamó: - ¡Ábrete! 35) Al punto se abrieron los oídos del sordo, se le desató la lengua y pudo hablar correctamente. 36) Jesús mandó a los presentes que no contaran a nadie lo sucedido; pero cuanto más se los mandaba, más lo divulgaban. 37) Y la gente decía llena de asombro: -Este lo ha hecho todo bien: hace que los sordos oigan y que los mudos hablen.
"Aquí - señala el Padre Rufino Giménez Fines - podemos encontrar en Jesús la fuerza de Dios que libera del mal. Sólo hay que acercarse porque Él responde a las expectativas. La escena tiene una cierta solemnidad, cuando llevó al enfermo aparte, y el gesto de levantar los ojos que indica intimidad con Dios. Luego, vemos que Jesús no quiere que se diga lo que ha hecho para evitar falsas expectativas sobre el sentido de su misión. El secreto no es mantenido, sino al contrario porque la gente no sale de su asombro".
"En este texto de Marcos - describe el párroco de Nuestra Señora del Carmen- hay dos partes. La primera, vemos la presentación del enfermo, la solicitud a Jesús para que sea sanado, y Jesús quien transgrede la ley porque toca la oreja y la lengua del hombre a quien cura. En la segunda parte, habla de los efectos de su accionar, curando. Luego, pide que no se divulgue el hecho. Sin embargo, la admiración de la gente transgrede el pedido. Finalmente, hay un reconocimiento explícito: lo ha hecho todo bien".
"Lo que vemos, más allá del milagro, es que el sordo ahora oye la palabra y se puede comunicar, vuelve a formar parte de la sociedad. En el contexto histórico, hablamos de un perfecto marginado, oprimido por su propia condición, dado que en aquellos tiempos una enfermedad o una discapacidad era vista, incluso, como un castigo de Dios. Jesús cura a un sordomudo pronunciando aquella famosa palabra "¡Effata!" que significa "Ábrete". Ese "Effata" también va dirigido a nosotros, para que podamos escuchar su voz siempre… hay una frase popular que dice: No hay peor sordo que el que no quiere oír. Pidamos que podamos abrir nuestra mente y nuestro corazón, y no seamos ni sordos y ni mudos funcionales a todo lo que nos demora y nos oprime. Demos testimonio de la misericordia, del perdón, del amor que nos ofrece Jesús y de que es posible optar por el camino correcto: el de la verdad y el de la vida plena. En este tiempo de pandemia necesitamos más que nunca adherirnos al proyecto de Jesús, oremos pidiéndole que nos libere de nuestra sordera espiritual, por nosotros y por los demás", concluye el sacerdote Rogacionista.



