A medida que la vacunación de la población avanza con mayor velocidad vemos como recrudecen los intentos de los grupos concentrados de la economía por modelar esa nueva normalidad que se vislumbra cercana para consolidar y aumentar lo logrado durante la pandemia.
Como hemos visto y sufrido durante las restricciones impuestas por el COVID-19 esas grandes empresas lograron mediante la suba incesante de los precios y la baja en el poder adquisitivo de los salarios aumentar sus ganancias acrecentando escandalosamente las desigualdades preexistentes a lo que debemos agregar el alto nivel del desempleo.
Tal como lo ha expresado el gobierno está empeñado en que los salarios aumenten por encima de la inflación para que de esta manera se impulse el consumo y se vuelva a poner en marcha la economía y en esto cuenta con el aval de las entidades empresarias porque muchos de sus integrantes quieren vender más.
Sin embargo los aumentos que se barajan significan recuperar algunos pocos puntos por encima de la inflación de este año pero que no alcanzan para corregir la caída producida durante la gestión del anterior gobierno.
También en la agenda gubernamental está la creación de puestos de trabajo sin poder hasta ahora crear empleos en cantidad y calidad suficiente. El problema reside en que en la actualidad son demasiadas las personas que siendo trabajadores registrados, es decir en blanco, son pobres a lo que debería agregarse quienes están como informales que son muchísimos.
Es muy interesante un ensayo publicado en el portal británico Autonomy y que fue realizado en la ciudad de Reykjavik capital de Islandia entre los años 2015 a 2019 y que involucró a 2.500 trabajadores públicos que representan más de 1% de la población económicamente activa de ese país.
Para dicho estudio a empleados de oficinas, personal de escuelas, de hospitales y empleados de servicios sociales se les redujo la semana laboral a 35 o 36 horas sin reducirles los salarios con resultados altamente beneficiosos.
Según indicaron los trabajadores demostraron una reducción de estrés, mejoraron la salud e incluso aumentaron el rendimiento del trabajo en casi todos los grupos.
Éste y otros experimentos en otros países corroboran estos excelentes resultados y se comienza a obrar de acuerdo.
En Nueva Zelanda por ejemplo la empresa Unilever está dando la oportunidad a sus trabajadores de reducir sus horas un 20% sin rebajar sus salarios y en Japón se recomendó a las empresas a reducir a cuatro días la semana laboral para bajar el número de suicidios y mejorar la calidad de vida de los japoneses.
Recordemos los innegables beneficios para la humanidad que significó la reducción de la jornada laboral a 8 horas conseguida en 1886 mediante la lucha de los trabajadores y cuyo 1º de mayo conmemoramos todos los años.
Tengamos en cuenta que la reducción de 1886 no afectó la rentabilidad de las empresas que lejos de producir el quiebre de algunas de ellas continuaron acumulando ganancias a niveles mayores incluso que las anteriores a esa reducción.
Los impresionantes avances tecnológicos experimentados después de tantos años han reducido la cantidad de horas hombre necesarias y por lo tanto en estas condiciones la creación de empleos tiene un techo cada vez más bajo con el consiguiente aumento de la exclusión de buena parte de la población.
Es erróneo pensar que este es un problema exclusivo de nuestro país cuando se reproduce en todo el mundo y también son las mismas las quejas de los empresarios.
Recientemente el presidente de Estados Unidos, Joe Biden ante el planteo de un empresario de que no encontraba trabajadores le dijo: "Pagales más".
Como sucede siempre los derechos no bajan del cielo si no se conquistan con lucha.



