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sábado, 03/oct/2026 - 01:53
 
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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 15/mar/2003 de La Auténtica Defensa.

Nunca hubo tanta confusión  
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires (Especial para NA, por Pepe Eliaschev) -- Ya no quedan sino 900 horas. No será tan grave como el ultimátum norteamericano a Iraq, pero el conteo final de cara a las elecciones presidenciales del 27 de abril sobrecoge e intimida. Nunca hubo tanta confusión. Jamás se verificó tanta incertidumbre. Y sin embargo, hay que votar.

La embestida final de Carlos Menem será fuerte. El riojano no juega juegos y sabe que la noche de ese último domingo de abril puede ser la de su responso político o la de un oxígeno inesperado que lo sumerja en el sortilegio de un retorno político descomunal.

Sus antecedentes y su edad no lo ayudan. Sus rivales tienen entre 15 y 20 años menos que él. Pero Menem ya no tiene más tiempo. Si no llega a la segunda vuelta del 18 de mayo, su carrera termina inexorablemente y en verdad, incluso en la eventualidad de que sea finalista, su edad no es un tema pequeño. Terminaría ese eventual mandato casi octogenario.

El gobierno de Eduardo Duhalde jugará a fondo la opción polarizante y los argentinos volverán a ser el objeto de un cepo psicológico brutal.

Una cosa es segura: la sociedad civil argentina, tan volátil y cambiante que ya nadie se siente demasiado enamorado del "pueblo argentino", deambula en una suerte de páramo moral.

Son legión los que tienen miedo de encontrarse con la verdad profunda al terminar el cómputo del 27 de abril. Los espanta tener que constatar que tras las algaradas insurreccionales que pusieron de rodillas de Fernando de la Rúa hace apenas 15 meses, las masas terminen optando por quienes fueron el epítome de un régimen supuestamente sin retorno.

Menem bregará en las horas que le quedan por la opción dialéctica que más le conviene: dice (y dirá mucho más todavía) que la pobreza y la devaluación son el producto de lo que se hizo desde que él se fue.

Por su parte, Néstor Kirchner ingresó en operaciones territoriales a destajo. Anda caminando pueblos y ciudades junto a Daniel Scioli, contorsionándose en un equilibrio agónico entre su orgánica confluencia con el presidente Duhalde y su necesidad de tomar distancias políticas del Gobierno.

Duhalde también cuenta sus propias horas. En 71 días más ya no será presidente y se brindará entero a su adorada provincia de Buenos Aires, en la que se vota recién el 14 de septiembre y en donde tapó con su gente la candidatura de Felipe Solá.

Duhalde tiene posibilidades de potenciar el factor Kirchner, pero tampoco ignora que puede irle mal y se prepara para la larga batalla que él y su mujer, Chiche, seguirán dando contra el menemismo.

Los entramados sórdidos de su arquitectura política obligaron a Duhalde a darle cobertura al aterrorizante Luis Barrionuevo, mientras que la tensa esposa de Kirchner, Cristina Fernández, se catapultó en el Senado como la exponente más visceralmente dispuesta a cobrarse la cabeza del casi desahuciado catamarqueño.

Me temo que no es una contradicción insuperable para ambos. Duhalde y Kirchner tienen un espacio importante para crecer de aquí a los comicios, pero ésa es sólo una proyección, que deberá revalidarse en los hechos.

Menem, en cambio, anda en su techo imaginable para una primera vuelta, y especula con que el voto angustiado, desesperanzado, agnóstico y antipolítico se le vuelque a la hora de la opción final. Una sensación intensa pero a la vez inefable debe ser confesada.

La Argentina, tierra de incógnitas siempre y país más incierto que nunca, esconde muchas de sus cartas subterráneas. Y lo hace por razones diversas.

Quien coleccione las encuestas de los últimos seis meses, que siguen circulando en alegre tropel por las redacciones periodísticas, se hará un festín después del 18 de mayo. Hay mucha presunción endeble y demasiada estimación aproximada.

Ricardo López Murphy, Elisa Carrió y Leopoldo Moreau pueden protagonizar desenlaces bastante ajenos a lo que hoy se proclama enfáticamente en los medios supuestamente solventes.

López Murphy tiene viento a favor en las capas moderadas y pro-orden, que gustan de su aspecto franco, enjundioso y certero.

Carrió no parece estar cosechando más que desvaídos propósitos éticos como principal moraleja de su arrollador lanzamiento, cuando parecía que no tenía techo.

No debería, pues, sorprender demasiado si, como una posibilidad, su cosecha electoral es menos rutilante de lo esperado por muchos.

Moreau, candidato presidencial de la Unión Cívica Radical, debe hacer la campaña más dura y terrible de su partido en más de medio siglo.

Esa debilidad extrema e indubitable podría producir efectos desconcertantes en un país tan fragmentado como la Argentina, no solo porque la fuerza movilizadora del radicalismo en las elecciones no debería ser subestimada, sino porque, fuera del peronismo, no parece haber estructuras políticas medianamente equivalentes.

El problema principal de los radicales son ellos mismos. En las últimas semanas, la UCR porteña fue escenario de conjeturas sombrías, desde una supuesta invitación de Jesús Rodríguez a nucleares en torno del cómico Nito Artaza en las elecciones del 8 de junio para jefe de Gobierno, hasta los buceos del empresario Mauricio Macri, que andaría "picoteándole el monedero" a las filas de cierta juventud universitaria vinculada a Franja Morada años atrás.

Pero Raúl Alfonsín hizo tronar su voz todavía enfática y, a poco de cumplir 76 años, recibió a Angel Rozas como presidente del Comité Nacional y encaró con fiereza la etapa preelectoral que encuentra tan débil a su partido.

En la Capital Federal, se organiza entretanto un relanzamiento ambicioso: Luis Brandoni como presidente del Comité Capital y cabecera de playa para producir una fuerte renovación que depure de manera ambiciosa las filas partidarias, donde por ahora proliferan los centrífugos y los ausentes.

En el país, la pelea principal se desarrolla, a todo esto, con potentes dosis de retórica y escasa predilección de demostraciones fehacientes de cómo verdaderamente gobernarían el país los ganadores. No es un buen indicio.


 
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