El hombre con el agua al cuello debe atravesar el ancho río, no percibe la otra orilla sin embargo intuye que el reaseguro debe estar en alguna parte. Necesita perentoriamente creer, su cuerpo está gastado pero aún responde ante el miedo y la emergencia. La corriente lo arrastrará infinitas veces hacia el barro, lo tocarán bocas desesperadas con vertiginosos dientes, podrá ser enredado, pescado, ahogado y tragado por el río. Cuando parece estar exactamente en el centro, equidistante de ambos lados y a punto de olvidar de dónde partió, una verdad se le revela: "la única posibilidad de salvarse es no perder la cabeza".
Asistimos a diario a dos hechos que determinan nuestra cotidiana y compleja condición humana durante esta pandemia, el miedo extremo y la rebeldía, el primero nos hace creer que no hay verdad posible y el segundo que la única verdad es la propia; en ambos casos habrá soledad y desesperación porque en ambos lo que se pierde es el sentido. No podremos atravesar esta situación si no somos plenamente conscientes de lo que fuimos, lo que somos y lo que aspiramos ser, en estas tres dimensiones estará nuestra coherencia, nuestras fallas y las posibilidades de hacer mejor la vida de todos y cada uno.
El riesgo más grande del pensamiento individual y colectivo en esta pandemia es tal vez el hecho de transformar al hombre en su circunstancia. Lo humano pierde su dimensión simbólica, se transforma en un objeto cuantificable y cuantificado, el presente se confunde con el destino y domina la naturaleza en un universo hecho de cultura.
Somos permanentemente testigos de las falencias de diálogo entre la política y la gente, en un margen que nos deja demasiado a merced del otro y sus consideraciones particulares, a un día de todo lo que acontecerá el próximo día; y curiosamente somos "dueños" de una infinidad de comunicaciones y comunicados, de datos científicos que no sabemos (porque no podemos) leer e interpretar con veracidad cierta, pero que sin embargo enarbolamos a veces como hechos entendidos e irrefutables. La comunicación se ha transformado en un ámbito de opinión. Se desfigura la relación con el otro, que puede ser entonces cualquiera, perdiendo así su carácter dialógico que supondría reflexión y toma de conciencia. Todos opinan, los que saben mucho y los que saben muy poco, todos creen portar una verdad irrefutable respecto de los hechos, todos creen tener razón, los discursos se mezclan y la verdad estará siempre en otro sitio.
La política es por lo común, la madre de mandatarios orgullosos y ciudadanos desencantados, un contraste innecesario ante realidades del peso de un mamut al que se intenta ahuyentar de la cocina con una escoba.
Los discursos durante la pandemia intentan presentarse ante nuestros ojos como fotogramas que debemos reconocer y en los que debemos reconocernos, sin embargo el sentido está a veces en el reverso, el negativo muestra la verdadera foto.
Siempre se puede elegir, puede el hombre decidir quién es y qué desea por complejo que resulte el escenario, la mentira no es más que el propio engaño. El hombre que ha entendido que ser del río es pertenecer al agua ya ha visualizado la otra orilla.
Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) - cesarianajulia08@gmail.com



