Iban los tres juntos, como pegados. Las niñas tomadas del brazo del señor, como si fuera de él, solo hubiera abismos. Esperaban con caritas, mezcla de sueño, cansancio e incertidumbre.
Mi estado no era muy diferente al de ellos. Sentada, alienada en mis pensamientos. Esperando, los veía como parte de un paisaje cotidiano y conocido. Pero algo hizo que me quedara particularmente atraída por ellos. Pensé por lo bonitas que eran esas morochas que rondarían los 10 y 14 años. Pero la vida, que no sabe de casualidades pero si de causalidades, planificó un encuentro.
Una hora más tarde, en otra espera. Esas que transitamos en busca de resultados matemáticos, que nos pongan en la gráfica de mas o menos sanos. Allí, supe que ese señor, con cara de "buena gente", mucha ternura en la mirada y una sonrisa estoica, decidida a prevalecer ante todo y todos, era el padre de esas niñas. Que las niñas eran hermanas. Una de ellas padeciendo leucemia, transitando la evaluación prequirurguica para un trasplante de Médula Osea. Que la otra niña, hipoacúsica, con un implante coclear desde hacia un par de años, sería la donante.
Un mes antes habían viajado los padres y cinco hermanos, desde Corrientes, su lugar de residencia, para realizarse los análisis de histocompatibilidad en busca de una esperanza. La cual había llegado de la mano de ésta hermanita que ahora estaba dispuesta a dar ese regalo, no sin miedo pero con mucho amor.
Ahora el padre estaba con ellas, encargándose de todo, mientras la madre cuidaba a 700 Km, al resto de los hermanos y viajaría para los días del trasplante para luego volverse con la donante. El papá se quedaría un mes más acompañando a la pequeña en su postoperatorio.
Orgulloso contaba como su hija, estaba sobrellevando la enfermedad con dignidad y valentía. "NO quiere dejar de estudiar ni perder escuela" decía. "Solo está preocupada por que se le caerá el pelo...".
Raro en mí, no pude emitir comentarios. Los veía y solo podía sentir el gran amor que sostenían esos lazos que de fuertes y grandes eran visibles.
Su obra social que les está cubriendo todos los gastos, incluso el alojamiento. Solo lamentaban el desarraigo y las complicaciones por el gasto de pasajes, "porque estamos lejos" decía con melancolía.
Esta historia es solo una de tantas, que transitan los centros de salud a diario. Lamentablemente ni siquiera es algo excepcional. Solo se los traigo a cuento, como una ráfaga de aire, como una chispa inesperada, como una bocina que nos sorprende en la esquina. No son situaciones desconocidas ni extrañas, pero a veces nos despiertan de nuestro letargo, nos invitan a vernos, revisar nuestros valores y así sentirnos inmensamente benditos o estúpidos...



