El espanto salió a gemir de adentro de los hombres y fue un solo alarido: los secretos de una sociedad que encubre su propia violencia.
La niña muerta sueña su sueño de niña, toca el agua, se hunde en la arena y respira el universo; el viento le acaricia el pelo enmarañado, ella desaparecerá con el día para siempre.
Los hombres y mujeres ciegos le han robado sus ilusiones, sus tardes de pájaros, sus noches de invierno con polenta, sus hijos y su ronda de sueños.
En la memoria de nuestra sociedad se diluyen los nombres de las mujeres muertas en manos de sujetos que se creyeron dueños de sus vidas y de tantos otros que ignoraron y desestimaron los pedidos de ayuda.
No hay inocencia, hay angustia y desolación. Terror al otro y su investidura, miedo a lo que la familia pueda pensar o hacer y un enorme agujero de una sociedad que se muestra incapaz de dar una respuesta que cobije. Una soledad absoluta en la que el yo se encierra e intenta dominar y escapar de la bestialidad.
Nadie ve que la niña tiembla, tiembla cuando llega y cuando se va, su futuro próximo pende de un hilo, sus ojos desencantados, su aliento agitado, su dolor de rodilla… Alguien que escuche su grito, que huela su miedo la descubrirá y descubrirá al otro que agazapado la espera.
El pasaje al acto de un individuo es el suicidio de una sociedad que no ha escuchado la señal de angustia.
Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) cesarianajulia08@gmail.com



