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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 24/ene/2021 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
La necesidad de los opuestos
Por Néstor Bueri







Néstor Bueri

No sé a qué hora de la siesta interrumpida mi amigo "el Ratón" toca el timbre de mi casa. A su lado, "el Tanito" espera con los brazos en la cintura: era el momento de ir a la canchita a jugar a la pelota. No sé qué hora sería ni qué día, solo sé que era el momento como tantas veces, como tantas tarde y como tantas ganas de jugar.

La convocatoria era simple, era de día, ya habíamos ido a la escuela y los deberes podían esperar, así que la canchita libre nos esperaba. Armábamos los arcos, seleccionábamos los equipos, cada uno elegía su puesto y nos disponíamos a crear el juego en espejo del único partido que habíamos visto en la semana. Toda la organización de este recurso lúdico que es jugar a la pelota era organizada y producida por nosotros.

En la canchita del barrio reinaba lo espontáneo y la creación propia. Pero tenía algo que lo hacía más distintivo: no había adultos en derredor, éramos huérfanos en libre socialización, éramos niños en asociación lícita con sueños futboleros en segundo plano. Convertirnos en estrella del fútbol mundial no estaba en la lista de prioridades de nadie. Era vivir el momento, disfrutar el juego, desafiando solamente a mis amigos de tardes inolvidables; era empezar a jugar sin horario de inicio y sin aviso de pitada final aunque el sol hacía varias horas que ya no estaba. Éramos libres, se desafiaba a la libertad en esa media manzana que nos pertenecía sin boleto de compra-venta ni escritura. Esa extensión de terreno llamada potrero no tenía alambrado y si la pelota se iba lejos por algún puntinazo perdido, lo peor que podía pasar era que cayera en la zanja de agua sucia.

Nicolás tiene 9 años, sentado frente a su computadora no deja de mover su pulgar para mover a un muñequito que salta paredes y elude balas perdidas. Después de una tarde de desafíos de un monitor alcanza a darle el último click para ganar el juego. Su madre ya había pagado la cuota del club y era hora de ir a la "escuela de futbol". Llegan en su auto, Nicolás se mezcla entre niños que casi ni conoce, un instructor le dice lo que tiene que hacer y donde se tiene que poner para jugar su juego. Hay un señor mayor que impartirá orden, hay un alambrado que resguarda la calle y padres que acompañan. El juego tiene inicio y final estipulado. No durara hasta que el niño quiera.

Estas historias de ayer y hoy marcan las diferencias entre el potrero y las escuelas de futbol. La espontaneidad del pasado, con la convocatoria por las mismas ganas de jugar, donde éramos autogestión y productor. Hoy todo eso se compra y se paga. Hoy los niños juegan con un dispositivo que incluye reglas, jueces, estructuras por edades, con horarios estipulados y si a eso se le agrega alguien que decide su lugar, nada queda de aquella espontaneidad potreril. Siguiendo esto podemos decir que antes éramos más desprovistos de disciplina y esa es la diferencia más marcada: la canchita del barrio era la libertad absoluta; la escuela, la disciplina y el orden. Antes nos divertíamos y hoy los divierten. Antes íbamos a jugar a la pelota, hoy van a futbol.

Hoy me doy cuenta de la importancia de lo que estábamos haciendo: organizar y producir un juego en el que hoy se necesita una estructura con reglas, instructores, árbitros y DT. Encontrar la fusión de estas diferencias sería fundamental para el aprendizaje que sumado al talento puede lograr grandes jugadores, aunque en ambos casos tengan que tener en cuenta que un niño jugando está de por medio

¡Hasta la próxima!

Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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