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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 17/ene/2021 de La Auténtica Defensa.

El hombre al borde del hombre
Por Lic. Ana Julia Cesari







Ana Julia Cesari. Foto: Linkedin

El mundo lleva alrededor de diez meses viviendo en pandemia. Hemos transitado pérdidas de diversa índole según la historia de cada uno de nosotros y el momento evolutivo en el que nos encontremos. Todos perdimos algo, algunos mas que otros, pero sobre todo coincidimos en un presente común, esto es, nuestro incierto futuro. Deambulamos como extranjeros nuestra propia ciudad, temimos al aire, evitamos el contacto, modificamos las rutinas cotidianas y adoptamos curiosos y complejos rituales de sanidad. Respetamos el aislamiento, nos peleamos con él y buscamos verdades que nos permitan organizar nuestro mundo de algún modo posible. El universo actual, patas arriba, nos ha puesto técnicamente en situación de pensarnos formando parte de un grupo: barbijos, máscaras, mamparas, distanciamiento, saludo codo a codo.

Aunque tal vez no con total o plena conciencia. No hay nada de natural, de preestablecido, en el intento de proponer un sacrificio colectivo por el bien común; esto será un logro o fracaso compartido por una sociedad que es llamada a pensarse a sí misma y trascender lo que considera muchas veces inconmovible.

El sujeto que se sabe perdido en el enorme mar de arena, caminando convencido de espalda al viento, pasa al lado del último hombre y llora, pues ha descubierto una verdad "la muerte existe también para él".

En el origen de la subjetividad nace la primer diferenciación yo, no-yo, frente a la cual el sujeto logra diferenciarse del entorno, tomando para sí todo lo bueno y placentero y expulsando afuera, aquello que lo daña. Este mecanismo de defensa nos acompañará durante toda la vida y haremos de él uso y abuso cada vez que nos sintamos amenazados por el mundo que nos rodea o por nuestros propios impulsos. Esta proyección protege al yo y lo calma, coloca una especie de barrera ya que le permite extrañarse de ello; lo convierte en extranjero frente a lo que no quiere ver, será el castigo del destierro que el sujeto le imprime a una parte de sí mismo y del mundo.

El aislamiento supone un "sacrificio", algo ha de perderse allí para ganar otra cosa, la piel de la realidad imprime una marca y requiere ineludiblemente una creencia que soporte el peso de esa pérdida; sin ella no habrá esperanza ya que todo sujeto necesita reconocerse en un mundo posible. Sin certeza la verdad es herida y la herida una marca anónima.

Cuán a diario nos vemos envueltos en situaciones que nos enfrentan a pensar qué nos pertenece y qué viene de afuera, si hay responsabilidad en lo que nos sucede y cómo se cuentan los tantos. Funcionamos en su mayoría como una sociedad que tiende a preservar individuos, y a la que le cuesta enormemente pensar en el otro como parte de un todo que nos conforma; en lo que suponen los vínculos humanos, nuestra capacidad de ser solidarios a largo plazo, de proyectar un futuro en el que el otro estará presente para tenderme la mano porque será mi médico, mi maestro, mi vecino o porque, a la inversa, necesitará de mi ayuda.

El otro es lo que no soy yo, esa es una verdad insoslayable que nos encierra muchas veces en nuestros más oscuros agujeros, sobretodo si no tengo el valor que supone el acto heroico de tenderle la mano en el abismo, de hacerlo parte de mi vida pese a las distancias y las diferencias.

Esta pandemia, ha requerido y continuará requiriendo actos de amor, de solidaridad donde todos podamos pensar que cuidar es alojar al otro que no está en las mismas condiciones, sean económicas, sanitarias, educativas u otras.

Puesta a prueba la humanidad y la empatía de cada uno de nosotros, frente a la libertad coartada en su plenitud, los impulsos hallan una prescripción de la que podrán burlarse o enorgullecerse. Pareciera no existir una verdad universal que nos libere de este daño, tal vez la responsabilidad subjetiva sea en este momento el valor más preciado para trascender el egoísmo y actuar como seres de este mundo, el que hemos fabricado; y el recurso más genuino del hombre para anticiparse a su propia tragedia sea hallar un límite del que pueda hacerse cargo, decidiendo visualizar los desafíos cotidianos y las heridas tal vez evitables.

El hombre debe ser consciente de que sus actos portan un mensaje para todos aquellos capaces de oír, ver y pensar; niños, viejos, seres nacidos en cuarentena, que en un futuro contarán esta historia.

El hombre al borde del hombre, se siente sólo, se piensa acompañado y se sueña libre.


Lic. Ana Julia Cesari - Psicóloga (M.P: 20334) - cesarianajulia08@gmail.com


 
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