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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 17/dic/2020 de La Auténtica Defensa.

Diego, Armando a Maradona
Por Omar Morgante







Omar Morgante

Desde los potreros de Fiorito hasta la protesta en Francia con la bandera que portaba el rostro del diez, todo un símbolo de la rebeldía. Entre estos dos puntos, la existencia de Maradona transcurrió en una narración de sucesos vertiginosos. Una paradoja digna de un artista que hacía magia con la pelota. En ese lapso, como una suerte de Heracles tuvo que llevar a cabo una serie de trabajos que le consumieron la vida. Mientras Maradona oficiaba de Dios en las canchas del mundo, Diego volvía siempre a la infancia, a su casita de la calle Azamor. Allí soñaba acunado con la música de las goteras. Ese pibe humilde tenía un manojo de deseos que se cumplieron, pero nada es gratis y se lo cobraron con creces.

No todos pueden apoltronarse a mirar desde el cielo en los sillones del inconsciente colectivo: Gardel, Eva, Gatica, el Ché y, ahora, Maradona. No sólo era el mejor jugador de todos los barrios, sino que también cantaba, acuñaba frases inolvidables y se codeaba con figuras míticas.

Siempre sacando pecho, contestatario e irreverente, llevó a un equipo del sur de Italia a pelear contra los poderosos del norte. Y vencerlos.

En el Mundial del ´86, expresó con una parábola magistral la dualidad de los simples mortales, un gol con la mano de Dios (o del diablo) y un gol inspirado con un soplo de los dioses protectores de los villeros.

Corría tiempo de descuento en su Buenos Aires querido. Diego se puso a jugar un picado con la Muerte (como el Juan Moreira de Leonardo se trenzaba en una mano de truco con la Parca). Con la rodilla oxidada ensayó la gambeta final y no pasó. Maradona ya no estaba en él hacía tiempo. Diego lo había armado y desarmado cientos de veces. Cuando estuvo conforme con la última versión, lo soltó con lágrimas como un barrilete cósmico.


 
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