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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 22/nov/2020 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
Y todo, culpa de una "bicicleta"
Por Néstor Bueri







Néstor Oscar Bueri

la izquierda de su pantalla, señora…". La voz del relato de Horacio Aiello se escuchaba en cada córner de ese único partido que se pasaba los domingos a la noche por Canal 7. Sentado junto a mi papá en el sillón largo, el televisor blanco y negro devolvía la imagen de un partido que se había jugado unas cuantas horas antes. Eran pocas las oportunidades de ver lo que para mi papá era una pasión y para mí el juego del día siguiente.

Una noche, Daniel Onega, un gran mediocampista de River, puso su pie derecho sobre la pelota, la trajo hacia él, la adelantó y el defensor quedó unos cuantos metros atrás. Esa pisada magnifica era nueva para mí y no me costó mucho aprenderla, más aún si los sillones del jardín del patio de mi abuela no ofrecían marca pegajosa.

Nos acomodamos en el mismo sillón, mi papá apretó el botón blanco de encendido y dio vueltas la rueda para poner Canal 7. Esa noche, después de tanto rezar pasaron el partido de San Lorenzo. Todo iba normal, alguna jugada de gol, una pisada común, un pase de taco y algún "caño". Mi tío Arsenio, que estaba de visita, comentó la forma de correr del "Bambino" Veira y mamá se quejó por esa falta fuerte al "Oveja" Telch. Yo solo miraba para aprender y hasta ahí era todo fácil. Pero en el futbol siempre hay algo que aprender. El "Lobo" Fischer recibió el pase cerca del área, se enfrentó al defensor, elevó la pelota que cae por detrás del defensor y la recibió recién llegada de nuevo a sus pies. Mi cabeza se estiró más allá de mi cuerpo, mis ojos de asombro siguieron el movimiento y señalé al televisor sin hablar.

Horacio Aiello habló de una "bicicleta". A esa jugada inédita, que rozó el arte y el malabarismo, que mezcló a un bailarín clásico con un equilibrista, se la llamó "bicicleta". Lo peor de todo sería cómo copiarla.

Mi mamá se enojó porque la taza de leche del desayuno se terminó rápido, pero ya tenía la pelota abajo del brazo. Corrí los sillones molestos del patio, la maceta con gladiolos la dejé cerca de la puerta y la del helecho, era el defensor de anoche. Pensé en la jugada, la recordé y me enredé con la pelota tantas veces como la maldecía. La mañana fresca se hacía corta y la pelota no se elevaba. Mis "Flechas" ya empezaban a molestar, el talón sin medias formaba ampolla. De pronto, siento tocar la pelota con el taco de la zapatilla derecha y ahí la veo caer la pelota delante de mí. Por mirarla tiré la maceta con el helecho y todo. La magia estaba consumada, la creación perfecta ya tenía copia real.

Ver, copiar, crear: todas materias de un aprendizaje libre en la niñez. Así es el niño siempre, ayer y hoy, no importan los tiempos, siempre sigue patrones de modelos en la copia. La libertad lo va a hacer creador, la soledad del juego lo va a formar para la intuición creativa. El mundo lúdico de los niños y el fútbol principalmente cruzan la ansiedad eterna de los padres, la responsabilidad del tutor en el juego al que siempre le dicen instructor, la idea fija siempre presente de ser una gran estrella y el gran peligro que significa la presión en el niño para ser la salvación de toda una familia.

La alta competencia adulta no es igual en los niños que en los padres, el sentimiento de fracaso y triunfo ni se asemejan entre unos y otros. Por el simple y complicado motivo de desinterés competitivo los niños juegan y los adultos quieren ganar como sea. Cuando se inicia un encuentro de fútbol infantil hay un llamado a la solidaridad, entendiendo que estamos viendo y tratando con niños y no con jugadores de fútbol de baja estatura.

Junto con la competencia obligada, según los clubes y el instructor, se produce un hecho totalmente discriminador: juegan los más hábiles, el resto espera o no juega. Esa segregación, ese quedar a un costado del juego, le suma presión innecesaria a un niño que solo quería mostrarle a su familia cómo se divertía con sus amigos. Son solo niños jugando nada más; nada menos-

¡Hasta la próxima!

Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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