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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 15/nov/2020 de La Auténtica Defensa.

Ten Piedad!
Por Héctor Malvicino







Imagen meramente ilustrativa

Abraham gemia a la vera del camino de Nazareth. Los ladrones le habían sorprendido, despojándolo de su tesoro y de su asno, propinándole tal lluvia de palos que veía llegar su última hora. Arrastrándose, había logrado llegar al camino. Y allí estaba arañando la tierra, gimiendo entre la sangre, el martirio y la sed. La barba le temblaba, como tiembla en la agonía. Seca la voz, gimió entrecortadamente al ver llegar a Jacob:

-Jacob! Ven! Ayúdame! Voy a morir! Me asaltaron los ladrones! Dame un poco de agua, Jacob! Ten piedad!

Jacob era fuerte. Un toro no imponía com él. De una belleza primitiva, rojizos pelos y barba, infundía temor. Jacob llevaba agua. Pero recordó. Los ojos se le velaron. Y apretó los dientes y el paso, alejándose del infeliz. Los gemidos escuchados las carnes y el alma, pero otros gemidos escuchados hacía mucho tiempo, reclamaban ahora su venganza.

Pasó Lía, con su cántaro rebosante, canturreando una fácil canción. Era bella y dulce, como el día, que alegra, como la luna que enamora. Miró tembloroso al caído, con sus bellos ojos llenos de asombro y miedo. Abraham sollozó reconociendo a la muchacha: -Lía! Soy Abraham No me recuerdas? Por Jehova, dame de beber! Me muero! La sed me abrasa! Ten piedad! Te daré parte de mis riquezas!

Lia no escuchaba. Estaba temblando y retrocedía, con asco, con vergüenza, recordando que ella también había gemido de pavor cuando el miserable la vendió a los mercaderes. La sombra de Lía se alejó cada vez más, precipitadamente. Moribundo sintió tierra en la boca y masticó desesperado, intentando refrescar su fiebre. Había gente alrededor, susurrando cosas incomprensibles. Una voz se elevó sobre las otras: -No Maestro no le des de beber! No lo merece quien ha dejado morir a tantos desesperados! Es Abraham, el usurero! No merece piedad ni de los perros! Jesús levantó la diestra y todos callaron. Hizo un gesto y Lía agachando la cabeza, le acercó el cántaro. -Dale de beber, Lia! Dijo Jesús, con la voz traspasada de piedad. -Maestro! Suplicó ella. El me vendió a los mercaderes por unas monedas! Soy lo que soy por su culpa. -Tu misericordia lavará todas tus culpas, Lía. Dale de beber! Lía se acercó al renegado. Se inclinó a tiempo que el infeliz abría sus labios amoratados, sedientos. Lo roció con el precioso líquido y el desdichado bebió larga, jubilosamente, con el mismo placer con que contaba sus monedas de oro.

-Levántalo, Jacob! Pidió Jesús. Necesita la fuerza de tus brazos, para que lo conduzcamos al hogar! -Nunca, nunca! Es que no sabes Maestro? El miserable me negó las pocas monedas que necesitaba para comprarle remedios a mi hijo. Y el niño murió. Y esa noche me emborraché y maté a uno y estuve muchos años prisionero, por su culpa! Porque él tuvo la culpa!

-Como a Lía te digo, Jacob Lava con la misericordia tus culpas y estarás en paz contigo y con Dios!

Jacob no pudo resistir la dulzura y el amor de aquella mirada. Comprendiendo alzó al caído que se quedó, torturado por los golpes. Abraham comenzó a sentirse mejor. La gente por ser grata a Jesús le daba buen trato y el no estaba acostumbrado a esto. Era una dicha desconocida: estar ahí entre ellos como un amigo…Conmovido por fin rota la egoísta tiniebla que lo mantuvo despiadadamente ciego, empezaba a vislumbrar otra vida: empezaba a comprender el amor.

-Cuánto te debo Maestro? Tú me has salvado! -Te equivocas Abraham, tú te has salvado! -Piedad Piedad! Seguía gimiendo el misero. Juro repartir el oro que me resta entre los menesterosos!

Mejor reparte amor, Abraham, que también es otro oro. Abunda menos que el otro, lo sé, pero es el único que puede acercarte a Dios. Cada acto de bondad de misericordia de amor te vale por una moneda de felicidad futura, Pero recuerda Abraham que solo tú puedes salvarte! Porque el oro de amor está solamente dentro de cada cual. Y el amor a uno mismo es oro falso. Solamente vale por verdadero ante Dios el amor al prójimo. Feliz de ti se acumulas muchas monedas de ese oro. Feliz de ti porque entonces estarás salvo!

Extracto de una revista del año 1956 adapatación Hector Malvicino


 
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