Suspendida en el tiempo, en medio de un espacio fragmentado en múltiples rincones incómodos, hallamos hoy a los adolescentes con su presente en pausa.
Lo propio de este estadio evolutivo, la esencia del ser adolescente, radica en la tragedia, en lo conmocionante y agitado del amor, las rivalidades, la búsqueda de un ideal que les permita identificarse, lo doloroso de crecer y decidir por sí mismos y las hermandades con tantos otros cómo seres halle parecidos a mí.
La mayoría de ellos está duelando una serie de imposibles que la circunstancia de emergencia sanitaria ha impuesto. Las pérdidas resultan inconmensurables y la angustia por momentos avasallante.
Podría decir que estos poetas se han quedado en blanco, pues la realidad no les permite poner en juego una gran cantidad de impulsos y escenas cotidianas por las que necesitan transitar para entender y encontrar respuestas a quiénes son y quiénes quieren ser.
Cuatro dimensiones fundamentales se hallan interferidas:
La primera, la rebeldía, esa necesidad vital de confrontar con parámetros y reglas establecidas por el universo adulto, que son unas veces búsqueda de límite y otras, verdaderas propuestas de cambio que cuestionan y desmoronan ese universo. Hoy parecieran no existir rivales, los adolescentes sencillamente se desaparecen.. apagan los receptores y se desconectan.
La segunda, la soledad, determinada fundamentalmente por la intermitencia de los otros, con los que se han perdido espacios esenciales en los cuáles el mundo tenía un sentido. De la mano está la incertidumbre del ser, ya que la distancia social viene a transformar una realidad que en la adolescencia debe ser palpable, dónde los cuerpos hablan de una hermandad semejante a un perfume, y obstaculiza hoy la posibilidad de emparentarse, confundirse y rearmarse.
La tercera, la escuela, el espacio añorado. Es en sí misma la fuente privilegiada de vínculos significativos que permitían poner en marcha los impulsos vitales y el ensayo de roles para el desarrollo intelectual y afectivo. Subsiste el entrañable recuerdo de su corporeidad, el bullicio, los olores y allí la virtualidad es una ilusión que se agota.
La cuarta, el hogar, representa hoy el encierro del encierro, por más cómodas que sean sus instalaciones, por más calmas que sean las relaciones que lo pueblan. Puesto que simboliza para la existencia adolescente, la imposibilidad de la huida, allí donde deberían sentirse expulsados e incómodos para enfrentarse a lo nuevo, allí dónde deberían volver para refugiarse, se ha convertido en un estar aburrido y permanente.
En este tiempo que les toca vivir a los adolescentes, sus impulsos y vivencias transitan un proceso silencioso, dónde la desilusión y la angustia son moneda corriente en sus pesados días, la amenaza de desaparecer cobra poderosa fuerza y requiere de la destreza y creatividad del mundo adulto para ayudarlos a hacerse visibles.
Muchas veces los grandes desesperan y hacen carne del pesar o prometen una realidad incierta e incongruente. Tal vez sea preferible comenzar por reconocer la propia angustia y los propios límites; incluso frente a ellos, no temer a que nos encuentren sensibles y desconcertados. Entender que ellos necesitan un marco de responsabilidades y verdades cotidianas que los organicen.
Allí estarán ellos frente a un otro real que los nombra y les da un lugar al cuál podrán oponerse, identificarse o sacrificarse. Su bunker debe ser un espacio interpelable, frente al impenetrable al que estábamos acostumbrados.
Los adultos que sostienen la esperanza son los que esperan algo, y la razón de expresar ese deseo será motor de la tragedia.
Ana Julia Cesari - Lic. en Psicología M.P. 20334 - cesarianajulia08@gmail.com



