Estas reflexiones no incluyen a las personas que en lo que va de la pandemia han sufrido pérdidas irreparables. Es decir, personas que están viviendo un duelo. Y tampoco a las personas que atraviesan situaciones económicas desesperantes. Unas y otras merecen otro tipo de consideración y reflexión. Hecha esta importante aclaración, intento transmitir estas reflexiones.
Freud define pulsiones de vida y pulsiones de muerte. "Pulsiones de vida: Gran categoría de pulsiones que Freud contrapone, en su última teoría, a las pulsiones de muerte. Tienden a constituir unidades cada vez mayores y a mantenerlas. Las pulsiones de vida, que se designan también con el término Eros, abarcan no sólo las pulsiones sexuales propiamente dichas, sino también las pulsiones de autoconservación".
"Pulsiones de muerte: Dentro de la última teoría freudiana, designan una categoría fundamental de pulsiones que se oponen a las pulsiones de vida y que tienden a la reducción completa de las tensiones, es decir, a devolver al ser vivo al estado inorgánico. Las pulsiones de muerte se dirigen primeramente hacia adentro y tienden a la autodestrucción; secundariamente se dirigirían hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva." (Diccionario de Psicoanálisis, Laplanche y Pontalis)
En libros anteriormente publicados hemos expresado el motivo por el cual preferimos hablar de Pulsiones de Construcción y Pulsiones de Des-Construcción.
En el planteo freudiano, el proceso de crecimiento y desarrollo va logrando que ambas pulsiones se imbriquen, se mezclen y, en el mejor de los casos, que las pulsiones de muerte queden subordinadas a las pulsiones de vida. Es el caso de un cirujano que debe "cortar" (conducta con contenido agresivo), pero que lo hace al servicio de la vida. Esta misma concepción de imbricación vale para las Pulsiones (y tendencias) de Construcción y de Des-Construcción que hemos formulado.
Cuando se desmezclan las Pulsiones (por ejemplo en un proceso regresivo), la agresión queda expedita, no subordinada a la vida, dando lugar a acciones destructivas, des constructivas.
El Psicoanálisis nos aporta una tríada conceptual muy importante: frustración - regresión - agresión. Esto quiere decir que como consecuencia de una frustración (no la frustración necesaria que nos induce a cambiar procedimientos, maneras, recursos), el aparato psíquico regresiona a formas más elementales y primarias de funcionamiento y, por lo tanto, tiene lugar una desmezcla pulsional con la consiguiente liberación de las pulsiones en las que se origina la agresión.
En esta situación de pandemia, todos los seres humanos, en diferentes medidas y con diferentes contenidos, estamos en situación de frustración. Frustración por no poder ver a personas que amamos, a personas que queremos, frustración económica, frustración por la imposibilidad o considerable dificultad para generar proyectos de futuro, frustración por no poder trabajar como quisiéramos, hacer cosas que nos gustan, reunirnos con otros, entre tantísimos ejemplos.
Estamos, por lo tanto, en situación de regresión y agresión. Podemos observar en nosotros y otros, conductas que corresponden a épocas muy anteriores de nuestras vidas, temores antiguos que se combinan con los actuales y los potencian, pensamientos que podemos sentir como caprichosos, sentimientos primarios, emociones exacerbadas. Y también, podemos ver en nosotros y otros, enojo, crispación, malas contestaciones, gritos, dificultades en la convivencia. Tanto en un caso como en otro, son sólo algunos ejemplos de situaciones innumerables.
En su primera tópica (o teoría del aparato psíquico), Freud planteaba la importancia del gran objetivo de "hacer consciente lo inconsciente", válido para la "cura" desde el punto de vista del Psicoanálisis. Obviamente, no se trata en estas reflexiones de pretender una equiparación puntual con ese principio de la clínica psicoanalítica, pero sí de invitar a pensar acerca de este mecanismo de frustración - regresión - agresión que está en la base de esas situaciones que he puesto como ejemplo y de otras. Porque tal vez pueda ayudarnos a reconocer el origen y la razón de sentimientos y acciones que, por parecernos exclusivamente actuales y referidos a cuestiones del presente, se nos aparecen como incuestionablemente verdaderos, conduciéndonos al inmenso riesgo que entrañan el fanatismo, la convicción de poseer la verdad absoluta, la certeza de tener "indudablemente razón".
No es nada fácil poder convivir con niveles de frustración sin que nos lleve a situaciones desmedidas de regresión y agresión. Pero es posible. Suministrar o, mejor dicho suponer que se suministra, una clave para ello, constituye, cuánto menos, un acto de soberbia e irresponsabilidad.
Algo quisiera aportar, habiendo hecho la anterior consideración. Hace diez años o más, leí una entrevista que un periodista hacía a una monja, superiora internacional de la congregación de monjas francesas. Una mujer apasionada, comprometida con su labor, sensible al sufrimiento de tantos seres humanos. Sobre el final de la entrevista, el periodista que estaba claramente muy emocionado le dijo si podía hacerle una última pregunta, y la entrevistada le contestó que sí. El periodista preguntó entonces: "Hermana, ¿qué haría usted hoy si supiera que mañana se va a acabar el mundo?". Y la Hermana contestó: "Si yo pensara que mañana se va a acabar el mundo, hoy haría lo que tengo que hacer hoy". Seguro o muy probablemente, no se va a acabar el mundo con esta pandemia. Y también seguro o muy probablemente, muchas cosas van a ser distintas de cómo eran.
La incertidumbre, con los temores que acarrea, es una ineludible característica del dificilísimo momento que estamos viviendo. Estas reflexiones me llevan a hacer una propuesta: hagamos hoy lo que tenemos que hacer hoy.
05/10/2020.-
Lic. en Psicología Guillermo Rivelis



