En estos momentos de inicio de campeonato, cuando el equipo está en período de formación ya existen y se empiezan a ver intenciones de cambio. Seguramente vendrán los análisis, las autocriticas y las consideraciones necesarias para realizar el cambio que se considere mejor. Pero el cambio por el cambio mismo no es lo aconsejable si no se tienen en cuenta algunas condiciones o algunas bases donde debe edificarse. Si cambio la torre por otra torre es muy probable que el peón del contrario me haga jaque mate
Para efectuar un cambio fuerte y que aspire a un mejor emprendimiento debemos asentarnos en las siguientes bases:
- El convencimiento de que hay que cambiar
- El convencimiento de qué es lo que hay que cambiar
- Saber que tenemos las herramientas para el cambio
- Convencernos de que la vida deportiva será distinta
- Convencernos de que esa vida será mejor con el cambio
- Que vamos a tener una recompensa por eso
- Y, principalmente, que todos, pero todos vamos a cambiar, desde el presidente del club hasta el utilero, desde el jefe hasta el peón. Este cambio necesario no vamos ni debemos hacerlos solos.
El equipo se verá beneficiado siempre y cuando sepa pasar la transición y no desviar la vista hacia las individualidades. Es paradójico, pero el jugador debe cooperar y ayudar con la misma persona con la que compite; y debe saber que nada ni nadie está por sobre el equipo.
Por eso, un equipo es más que la suma de las individualidades, es más que once personas saliendo a la cancha con la misma remera. Un equipo tiene un objetivo común a todos, que comienza con un juego y con disfrutar de ese juego, agregándole el respeto, la disciplina, el compromiso y sobre todas las cosas, lealtad. Con talento se ganan partidos, con el trabajo en equipo y la inteligencia se ganan campeonatos.
Todo cambio requiere su tiempo y habrá que acompañar ese camino de transición a través de la comunicación, el conflicto y el aprendizaje. Lo que caracteriza a este proceso es la incertidumbre y la misma tiene un impacto directo sobre la motivación y el desempeño de las personas afectadas, acarreando resistencias que si no son acompañadas y "escuchadas" el camino hacia el cambio tiene más posibilidades de fracaso. La dialéctica del aprendizaje es espiralada: por más que hagamos algo nuevo transportamos siempre nuestra historia. Sin embargo, a veces el cambio "debe hacerse en la sala de guardia, porque si lo llevamos al quirófano, ya es tarde".
Ahora, cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el difícil desafío de cambiarnos a nosotros mismos.
¡Hasta la próxima!
*El título corresponde a un textual del psicólogo Kurt Lewin.
Néstor Bueri / Psicólogo Social



