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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 19/jul/2020 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
No perteneces en el lugar equivocado
Por Néstor Bueri







Néstor Oscar Bueri

Sobre la costa de aquel arroyo que bajaba manso, la casa de don Pedro Jáuregui sostenía paredes mezcladas entre humildad y pobreza. Algunas de ladrillos, otras de madera ya usada, un cartón tapando aquella ventana desdibujada y una tela larga simulando una puerta que falta. Sobre el piso a medio terminar, una cama con varios días sin hacer, un televisor antiguo apoyado sobre un cajón de manzana encontrado en el basural vecino, una cocina que apenas cocina y ropa a veces embolsada en modo de ropero. Sobre la heladera tirada contra el rincón, algunos cigarros se desparramaron fuera del paquete. Don Pedro los acomodó con cuidado, tratando de no voltear el florero que mojaba una vieja flor casi marrón delante de la foto familiar que recordaba a su esposa que ya no estaba.

Todos los días antes de salir a cartonear, don Pedro miraba su foto y la acomodaba sin necesidad. Solo lo hace para tocarla, una excusa para sentirse vivo. La madrugada oscura lo encontró saliendo abrigado, las nubes no dejaron ver las estrellas y el arroyo parecía olear más que antes. El viento del sudeste y la garua que ya empezaba le hizo fruncir el entrecejo y torcer la boca a modo de desconfianza. Varias tormentas soportó durante su vida y esta garua insolente no era problema, pero el viento no era el mejor. Aun así, don Pedro eludió los gatos de la basura y se perdió pasando el alambrado.

En dos horas la tormenta lo sorprendió lejos. Entonces don Pedro acomodó su capa de nylon y dejó sus cartones ya mojados sobre el cordón de la vereda que ya empezaba a desaparecer. Se sacó sus zapatillas para correr más rápido. Llegó a su casa sabiendo lo que iba a encontrar. El arroyo creció mucho más que antes y para cuando pudo pasar el alambrado, la fuerza del agua no lo dejaba caminar. A las brazadas pasó por la ventana que ya no tenía cartón, cajones flotaban por sobre el televisor y una oleada le robó su poca ropa. Don Pedro, que nunca tuvo mucho, solo quería llegar hasta la heladera, se agarró de la manija y de un empujón tomó su foto familiar que ya había ahogado la flor. Si bien esta inundación fue distinta, no era la primera, pero Pedro siempre volvía al lugar y a salvar la foto. Esa casa de pobreza era también de esfuerzo y sacrificio, levantada de a dos en un pasado cercano. Por esas pocas paredes hubo noches sin dormir, manos ajadas de barro y sangre. Y en esa foto estaba su familia construida con valores sanos y su afecto para siempre aun en la ausencia. Como no jugarse la vida por lo que supo conseguir, como no rasgarse la historia por lo suyo.

Esta historia real es un fiel ejemplo de pertenencia. Este vector de pertenecer, debe aparecer en todo equipo que quiera lograr objetivos grandes. Es esto de estar aun en lo furioso de la situación, de rescatar y salvar lo que se construyó hasta inmolarse. De esquivar las balas por los afectos que se están perdiendo y abrazarlos hasta confundir la piel, conociendo y sabiendo de una historia hecha por pasados que merecen estar en tu propio cuadro familiar. Esto de conocer, amar, abrazar, construir, conducir y defender hasta el fin del aliento, es pertenencia. Y si aun así, algo se perdiera en el camino, seguramente sentirás que te pertenecerá para siempre. De lo contrario estás en un lugar equivocado.

¡Hasta la próxima!

Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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