Los bolsones de alimentos que distribuye la escuela no alcanzan . Muchas familias quedan afuera de la lista y la necesidad aprieta. Son muchos los profes que dan una mano para juntar mercadería para colaborar, y un grupo de compañeros sensibles también ponen plata y alimentos, y entre todo armamos viandas, bolsas y cajas para asistir. La militancia se viste de socorro, de ponerse en el lugar del otro, de sentir comprendiendo y compartiendo.
Sábado, 7 de la tarde. Terminamos de armar las cajas para las familias que vamos a visitar, cada una pensada según la cantidad de habitantes de la casa, si tienen chicos, si tienen mama y papá. O no. La caja mas grande es para nueve, una parejita joven y la nena mas grande de 11 años.
La noche cae en el barrio y las calles poceadas ya están vacías, a la espera del frío del invierno. Solo se ven aquí y allá banditas de pibes en las esquinas, con mirada torva. Uno está en el medio de la calle y no se corre, casi meto el auto en la zanja para pasar por el costado, bien despacito.
La gente nos recibe con alegría, no es solo la comida, es sentirse acompañados. Y entonces te cuentan. Una señora que no pudo cobrar el IFE porque el marido estuvo en blanco hasta marzo, se accidentó y se quedó sin trabajo, y no puede salir a buscar hasta que se recupere. Un hombre que se tiene que internar una semana y no sabe con quien dejar a los chicos; la mujer se le fue hace tiempo. Dos adolescentes que están casi siempre solos, el papá trabaja todo lo que puede y donde puede.
La casa de la parejita con siete chicos está en el fondo del barrio. Llegamos y el papá nos recibe en la calle con una sonrisa, ya le habían avisado que veníamos y nos hace pasar. Llevamos una caja enorme, algunas viandas preparadas y un poco de caldo bien cargado que preparó un compañero la noche anterior, ya de madrugada.
Entramos con todo eso a la casa, el hombre tendrá poco mas de 30, ella aparenta 25. Los chiquitos están desparramados por el suelo, mirando la tele con la mirada perdida. En la amplia mesa de madera rústica y enclenque hay harina desparramada, parece que justo los agarramos haciendo torta fritas.
El papá está muy preocupado porque la mayor no logra hacer la tarea de la escuela. "El otro día estuvo dos horas sentada y apenas logró responder una pregunta, dice que no entiende, y no la puedo ayudar porque yo entiendo menos que ella", cuenta ya resignado. Mientras, la nena sigue mirando la tele.
Cuando nos vamos ya empiezan a desarmar la caja para preparar la cena.
En una hora, solo una hora, todo cambia. La mesa ahora es para compartir en familia y juntar fuerzas para seguir adelante. Y nos mandaron una foto de ese momento íntimo. Foto de pancita llena. Esos pibitos nos regalaron un minuto de felicidad.



