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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 30/may/2020 de La Auténtica Defensa.

Querida "Real"
Por Jorge O. Maro







Jorge O. Maro. Foto: Facebook

En ocasiones pienso que mis amigos se escaparon de un libro de cuentos. Pienso que un torpe lector se quedó dormido en el tren de las ocho y que, al detener su marcha en Campana, los chiquilines bajaron al andén, compraron unas mielcitas en el quiosco del padre del Osvaldo Videla, cruzaron las vías por el puente de arriba y tomaron rumbo a la Real para quedarse a vivir por siempre.

Nunca imaginé que con los años se convertirían en un ejército irregular en defensa de los recuerdos, menos aún que perderían la más de las importantes batallas que se haya librado en esta ciudad ni pensé nunca que ofrecerían sus vidas al servicio de esos tesoros. Ni siquiera el más loco de los locos hubiera creído que fueron ellos los que desde el sótano de la vieja carnicería la "Estancia Chica" libraron una batalla épica contra los feroces invasores sin cabeza. Uno a uno se dio aviso con el grito secreto "kaua", juntaron provisiones en los negocios del barrio y colgaron la foto de la querida Marisa, patrona del amor en años de juventud naciente. Se apostaron estratégicamente en los respiradores de la Cueva, abriendo fuego rabioso contra esos granujas.

Sorpresa fue cuando bajaron de los techos los fantasmas. El primero en hacerlo fue Ricardito. Abrazó a sus amigos rápidamente, no era cuestión de emociones ni pérdida de tiempo, el enemigo acechaba. De sus mortajas rescató el manifiesto escrito en papel de estraza por Pedro, el más querido de sus amigos y al grito de "Hoy Bajé la Real" nombró uno por uno los recuerdos. Estaban todos. El viejo Coltelli preguntó quien estaba al mando, el gallego Pérez repartió ropa de abrigo y Schiavetta registró los momentos. Un tal Mastaler cargaba las armas y el Mudito confundía con sus gritos al enemigo. El Capitán Dorrego ordenaba el desorden. Trognot repartía dulces, Avelino emprolijaba sus cabezas y todo la gesta dibujada por Fernando Pino. El primero en caer fue uno del bando enemigo, el arquitecto que diseñó el nuevo desagüe y responsable de la desaparición de las alcantarillas; al segundo cayó el constructor, un pobre hombre sin alma. Con dos bajas importantes en el bando contrario, los valientes amigos se creyeron estar muy cerca del triunfo que al final nunca llegaría.

Los profetas del mal, advertidos por algunos traidores, lograron ubicar el escondite en una tarde del 28 de junio, hicieron estallar la Cueva, y con ella se fueron los recuerdos olvidados de nuestra calle Real. Los profetas del mal aún caminan victoriosos. Pero no saben que los amigos escaparon segundos antes y que fueron los fantasmas los que se dieron por muertos; los amigos están todos vivos y escondidos en el vestuario del Club Ferroviario. Dicen que volverán y dicen que cuando ello suceda volverán también los recuerdos de nuestra querida calle Real.



 
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