No se trata de tres aspectos nuevos y por ello me remito a la historia antecedente. Desde mediados del siglo pasado algunos teóricos vienen evaluando situaciones que preanuncian un mundo post moderno obligado a replantear conductas sociales, estructuras políticas, sistemas educativos y nuevas estrategias urbanísticas.
Alvin Toffler, famoso por su libro "La tercera ola", terminando el milenio destaca algo de estos tres aspectos en un libro premonitorio, "El cambio del Poder". Allí plantea la deshumanización creciente en manos de lo que él llama la tecnologización social. La tecnificación acelera el proceso de migraciones rurales, y la situación de la concentración urbana es cada día mayor y con ello las anomias sociales, el distanciamiento y la dependencia de la tecnología, conjuntamente con los riesgos frente a los cataclismos.
Geoffrey Sachs en el principio de este milenio denuncia al individuo como el principal enemigo del planeta, concentrado en una súper economía urbana donde más del 60% de la población mundial y en crecimiento se nuclea en ciudades, cada vez más grandes y con mayor nivel de conflictividad. Sea por los conflictos circulatorios, por la problemática de las relaciones, la cuestión de la provisión de servicios cada vez más demandados, la complejidad operativa, la tecnologización o la inteligencia artificial, la urbanización creciente representa un potencial tembladeral permanente.
En este contexto de las pandemias globales, la ciudad es el lugar ideal para la multiplicación de la circulación de cualquier enfermedad. Cito estos dos autores solo como algunas de las fuentes que revelan esta situación previa al Covid.
En el siglo pasado la humanidad creció en el imaginario de que con la tecnología todo estaba resuelto, y eso generó una zona de confort social que permitía suponer que nada podía alterar el statu quo. El Covid ha puesto de manifiesto lo endeble de este concepto ya que la cuestión de preservación social tiene la misma estrategia que tuvo en las epidemias históricas, como ya relaté en Londres, París, o en Buenos Aires con la fiebre amarilla: aislamiento, distancia, higiene extrema y replanteo de los modos de relación.
El Covid ha sido un catalizador de aspectos que ya estaban en la sociedad. El primer aspecto tiene que ver con la utilización de los medios tecnológicos y las redes sociales como vía de vinculación, casi exclusivo de esta época. Lejos de vender la idea ilusoria de mayor conectividad estos medios no reflejan una solución al bienestar real de la integración humana, pero se han sobrepuesto a cualquiera de los medios históricos de relación, desde las reuniones sociales hasta los espacios públicos. El segundo aspecto tiene que ver con los temas de seguridad urbana, que, puestos en crisis frente a la pauperización creciente y la segregación social, han instalado un temor lógico, que favorece el encierro en la aparente búsqueda de seguridad. Y el tercer aspecto tiene que ver con la insuficiente y deficitaria oferta urbana alternativa a estos aspectos críticos anteriores, ya que muchas ciudades intermedias como la nuestra no evolucionaron hacia la contención del habitante en una estructuración a escala humana peatonal, privilegiando la circulación vehicular y disminuyendo la oferta de espacios de integración social atrayentes, hechos que se suman a los factores históricos de segregación.
Estos tres aspectos históricos, preexistentes y exacerbados por esta crisis, no agotan los muchos temas que han puesto en tela de juicio al urbanismo. Son solo tres aspectos que podemos reconocer fácilmente en nuestra realidad cotidiana. En relación al urbanismo esto es transversal y congruente, ya que la tendencia introspectiva de la gente dedicada a su relación con la pantalla de un celular, sumado a los temores sociales, y la falta de estrategias urbanas de contención, han alejado a los habitantes de las ciudades de su presencia directa en los espacios públicos como centros de integración social o espacios no solo de expansión, sino de relación humana, modificando precisamente esas relaciones interpersonales.
La cultura del auto ha matado la cercanía e intimidad del antiguo barrio, dispersando los centros de abastecimiento y recreación. En el escenario post pandemia donde se ha instalado un nuevo temor social, al otro ser humano como potencial transmisor de un vector biológico, casi un enemigo insospechado, la integración social va a afrontar una nueva crisis en esos espacios urbanos.
Más distancia y más aislamiento, más tecnología y menos presencialidad, pueden ser un signo de tiempos que ni Ray Bardbury en su literatura fantástica podían imaginar. ¿Cómo se conjuga esto en la ciudad que es el lugar donde se concentra más del 60% de la población mundial? y qué, objetivamente, ha sido una creación humana para la integración en unidades socioproductivas que impulsan el desarrollo.
Los urbanistas ya han empezado nuevamente a discutir conceptos tan antiguos como la vida misma, la disrupción entre el concepto de la continuidad puerta-edificio-auto-calle-puerta, recuperando la idea de la antigua continuidad edificio-vereda-plaza-peatón, como una revisión del diseño donde el hombre es el centro del proyecto urbano por sobre la especulación de la concentración habitacional, y en contraposición al automóvil como dueño del mayor espacio circulatorio. Ampliar las veredas, anular la circulación vehicular y generar nuevos espacios de movimiento donde la distancia se pueda mantener en una nueva forma de contacto entre las personas es un desafío para los gobiernos y las ciudades que vienen.
Todas las estructuras de pensamiento urbanístico son en el sentido de salvar a la ciudad para una nueva estrategia de vida social.
Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015



