Buenos Aires, (Especial para Noticias Argentinas, por Daniel Casal) -- La precaria cuerda que sostiene la relación entre la Argentina y el Fondo Monetario se volvió a tensar a raíz de las nuevas exigencias del organismo y la demora en la aprobación de la tercera revisión del acuerdo.
La gravedad de la situación fue reconocida por el ministro de Economía, Roberto Lavagna, quien, alejado de su estilo más conciliador, respondió golpe a golpe los nuevos reclamos del organismo de crédito.
En ese marco, Lavagna envió una carta al Fondo para que asuma su resposanbilidad en la crisis y acepte por esta razón una reducción de los intereses a cobrar.
Algo imposible si se tiene en cuenta que fue el propio organismo el que se autodesignó desde un principio como acreedor privilegiado y el resto debió ir a la cola.
Por estas horas, hay directores que prefieren ver caer a la Argentina en el abismo del nuevo default antes que otorgar alguna concesión al país.
Recién en septiembre, luego del receso por el verano boreal, se podría tratar el caso argentino, y se uniría con la dura etapa de renegociación de las metas para los próximos años.
A las autoridaes argentinas se le objeta, sobre todo, la falta de avnaces concretos en la renegociación con la deuda y el atraso en el aumento de tarifas.
Un escalón más abajo se encuentrn las exigencias de la Ley de Responsabilidad Fiscal, trabada ahora en Diputados, y la reestructuración de la banca oficial.
Pero, más que nada, en el Fondo se instaló la sospecha de que hay funcionarios argentinos que no demuestran mayor preocupación por el acuerdo con los acreedores, a la luz del crecimiento que demuestra el país a pesar de la ausencia de ese entendimiento.
En ese sentido, puede quedar en otro de los tantos mitos de la economía que sin acuerdo no habrá inversiones,
No obstante, la intención del gobierno es avanzar sí en las negociaciones con los acreedoes, pero sin cambios en la oferta presentada hace un par de meses.
Ante esto, el Fondo endureció su posición y pidió un compromiso por escrito de que habrá una nueva ronda de negociaciones entre las partes, algo que el gobierno no está dispuesta a aceptar.
Mientras tanto, apareció una confusa autocrítica del FMI sobre el papel que jugó en la Argentina en los últimos quince años, donde, más que nada, se cuestiona no haber advertido ¨la incapacidad¨ de los funcionarios argentinos.
A lo mejor, vale la pena recordar como hace menos de una década el ex presidente Carlos Menem era llevado a exponer a foros internacionales pare que hablase del ¨milagro argentino¨.
Poco parecería importar que los déficit fiscales se sostenían con endeudamiento y que, al final, se generó una insostenible relación entre deuda y PBI.
Para los sectores financieros internacionales importaba más el proceso de tranformación de la econmía que se llevba adelante por esos días.
Recién en el 2000, cuando se advirtió sobre las vulnerbilidades de la deuda y la incosistencia de la convertibilidad, todo era demasiado tarde.
Entonces, se da la paradoja de que el financiamiento llegaba cuando el Gobierno se endeudaba para sostener el desajuste fiscal y la convertibilidad.
Y ahora, da la espalda a pesar del alto superávit fiscal y el sobrecumplimientos de la metas pactadas con el organismo financiero.
Por su lado, el flamante director gerente, el español Rodrigo Rato, realiza una paciente ronda de consultas con distintos sectores antes de tomar una posición.
Como nunca, quizás, el organismo perdió la brújula de sus inicios cuando hace 50 años fue creado para socorrer a los países en crisis.



