El patio de la casa de mis abuelos era el escenario perfecto para mis primeros pasos y pases con la pelota. Las macetas a veces eran arcos, a veces eran jugadores que tiraban una pared perfecta. La casilla del tubo de gas también era un buen arco; lástima que se rompiera la puerta tan fácil.
En el otro patio del fondo también podía jugar, pero había una vieja higuera que obstruía el desarrollo normal del encuentro y el tapial era medio bajo. Siempre algún centro o algún despeje de un defensor imaginario tiraba la pelota a la casa del lado y aunque Horacio era mi amigo, me daba vergüenza tocar el timbre. Así que caminaba por las terrazas de esas casas antiguas y con la velocidad característica de un wing derecho, eludiendo al "centro half" volvía la pelota a casa
De a poco iba copiando de los pocos partidos que pasaban por la tele con el relato de Horacio Aiello y los comentarios de un joven Julio Ricardo. Varios días me llevó aprender la bicicleta del "Lobo" Fischer, varias zapatillas gasté queriendo eludir las macetas y definir como definió el "Muñeco" Madurga en aquel gol a River. Hacer esa "pisada" rápida de Ermindo Onega me hizo enredar un montón de veces y varias despeinadas tuve antes de cabecear parecido a Victorio Cocco. Solamente yo con mi pelota, única compañera de juegos, único entretenimiento que me permitía jugar con varios imaginados a la vez, que me permitía ser protagonista en lo que más sabía hacer: jugar a la pelota.
Pero cuando ya los "Sacachispas" empezaron a quedar chicos, el patio también se achicaba. Entonces la calle y la vereda de baldosas amarillas se asemejaban a la libertad del juego que empezaba a socializar con otros chicos que comenzaban a tener mi misma libertad y así, juntos, disfrutábamos de la misma calle.
Esa calle de tantas tardes de agua de carnaval vecindario que hoy se perdió en algún lugar del desgano. Esa calle de tantas mariposas de primavera que ya se cansaron de pasar entre ramas de paraísos peladas. La calle del "viejo de los trapos", del vendedor de plumeros, del heladero y su canto de venta, del lechero Cozzo y sus caballos. La calle de pocos autos y menos colectivos, de muchos juegos y menos tristezas. Mis amigos y yo, y la pelota de cuero; todos éramos "dueños" de la calle y la vereda. Esa calle que ya dejó de ser estadio de fútbol para ser corrida de toros; que dejó de ser juego para ser ruleta rusa. La calle de mis juegos compartidos, la sana calle de copia y creación de enseñanza y aprendizaje de valores. La calle todavía está en su lugar, sigue allí, inmóvil, como esperando jugar, como llorando el cambio de dueño.
Néstor Bueri / Psicólogo Social



