"Pero siempre he sido así; galopeador contra el viento." --Atahualpa Yupanqui
Mi nombre es Vilches, Ezequiel Vilches. Soy historiador, aunque debo confesar que en el cenáculo de los académicos de Buenos Aires me tienen en menos.
Corría el año 1914 y era otoño cuando llegué a Lobos para continuar una investigación sobre Juan Moreira. Me hospedé en La Candelaria. Sus dueños me aceptaron a instancias de mi familia.
Por la mañana usaba el sulky para llegar al pueblo. Hablé con muchas personas, incluso tomé nota de testimonios de gente que conoció a Moreira. Distintas eran las versiones sobre el aspecto del gaucho, sin embargo todas coincidían en exaltar su bravura.
El overo bayo relinchó, sacudió la cabeza y se levantó en dos patas. Una liebre se le había cruzado como luz mala. El cuzco que iba en la montura se tiró ladrando y salió detrás de la liebre. El gaucho acarició el cuello del caballo hasta que lo calmó. Entonces se decidió a hacer noche.
Se acostó boca arriba con las riendas atadas a la muñeca. El Cacique movió el rabo y fue a acostarse arrollado sobre el poncho. Antes de dormirse, mientras miraba la luna llena, los pensamientos de Moreira fueron para la Rosaura.
A pocos días de llegar, la gente me había brindado su confianza. Así me enteré de lo que se decía por lo bajo: Moreira tenía una hija. Según se contaba, había nacido a meses de que el sargento Chirino lo matara. Encontrar algún indicio sobre ella no me dejaba dormir.
Querido padre:
Hoy se cumplen veinte años de su muerte. Por eso me animo a escribir esta carta. Mi madre me ha hablado mucho de usted. Ella murió cuando yo tenía catorce años. Sus últimos suspiros se fueron diciendo su nombre. Mi tía, Amelia, ha cuidado con amor de mí. Me ha educado en el temor a Dios. El cura de la iglesia de Lobos me ha ayudado a escribir y a corregir esta carta.
Andaba a tranco lento y hacía descansar el overo cada tres horas. Por delante, la interminable llanura como un mar de pastizales sacudido por el viento del sur. Desde el caballo, con la mano en la frente para taparse del sol, podía ver el horizonte y, más allá, siempre el horizonte. Le pareció estar quieto en la pampa entre el girar de la tierra y el transcurrir del galope.
En el centro de una pulpería circular con innumerables puertas de entrada, alumbrada por una sucesión de relámpagos, Juan Moreira reflejado en vastos charcos de lluvia se levantaba del cepo, daga en mano, y se batía con Sardetti, después en ronda con cada uno de sus muertos en duelo. Cuando terminaba con el último, reaparecía Sardetti. Moreira se frotó los ojos, su mirada venía de otro lado, se despabiló y siguió su camino a galope tendido.
Atardecía cuando llegó a la laguna. Le sacó el freno al caballo y le alargó las riendas para que bebiera. Se refrescó de rodillas. El agua le devolvió su rostro picado de viruela con una mueca de amarga sonrisa. Era un hombre alto y bien parecido. Sus ojos pardos, su cabello renegrido que le llegaba hasta los hombros y su barba tupida le daban la apariencia de un león al acecho.
Algunas tardes tomaba el té con Adelina, la hija de los patrones, en la galería. Ella tenía una belleza clásica que contrastaba con el paisaje agreste; pronto iría a contraer enlace. Me estaba enamorando (eso creía) o, lo que es peor, nos estábamos enamorando. Los peones me empezaban a mirar con recelo y hasta me negaban el saludo; sospecho que la causa era mi indagación sobre la hija de Moreira y mi amistad con Adelina.
Entró al pago de Lobos y rumbeó para el rancho donde lo esperaba la Rosaura. Moreira la había arrancado de La Estrella. Se abrazaron largamente. Juan se encargó del caballo y del perro, entró y se despojó de las armas y de las botas. Ella lo miraba con un amor que había nacido en aquel lugar donde los hombres se quemaban con sus vicios, entre pendencias y lances de muerte.
Todavía por estos pagos se recuerdan sus hazañas y todas las injusticias que tuvo que sufrir por no rendirse jamás. Entre el gauchaje se menta su nombre con admiración.
Ahora Rosaura miraba descansar a Juan. Hacía unos instantes la había hecho suya con una furia de la que emergía a escondidas la ternura de un hombre acostumbrado a dormir sobre su caballo. Cerca del alba, Moreira se empezó a mover con desesperación y antes de despertar soltó un grito que rompió la quietud de la noche. Se abrazó a Rosaura. Y ya no se volvió a dormir.
Por la mañana, Juan salió a hacer unas diligencias. Esperaba no tener problemas. Por eso trataba de pasar inadvertido. Un político, de los tantos que prometían el oro y el moro, le había hecho la promesa de limpiar su prontuario. Moreira quería dejar de escapar y echar raíces.
Los que me conocen saben que heredé el coraje de los Moreira. A pesar de ser mujer, monto con la destreza de un hombre de a caballo y hago algunas tareas de campo. Aunque no pude llevar su apellido, en estos pagos me conocen como la hija de Juan Moreira.
Volvía del almacén y se le antojó pasar por La Estrella. Ató el overo al palenque, saludó a los paisanos y pidió una ginebra. Se sentó buscando que su espalda quedara contra la pared. Cada tanto los paisanos lo miraban con una mezcla de curiosidad y de respeto.
Desde la calle, llegaba el trotar de dos caballos oscuros, montados por dos hombres vestidos de negro. Mientras se preparaban para cantar, guitarra en mano, hicieron señas al pulpero para que les sirviera. En medio de un silencio de campo santo se oyeron coplas que helaban la sangre. Juan tuvo la impresión de que cantaban para él. Se levantó y se fue. De regreso al rancho, un par de versos que no podía olvidar le retumbaron en sus adentros.
No le contó nada a Rosaura. Por la tarde vino a visitarlo Luicho Méndez, hombre de Alsina. Le dijo que pronto estaría libre de causas. Moreira lo miró con ironía y soltó una carcajada. En el fondo, sabía que tenía cuentas pendientes que sólo se pagarían con su propio cuero.
Una mañana, me dirigía al galpón a buscar el sulky. Un grupo de peones me encerró en un círculo. El capataz se puso en el medio con un cuchillo en la derecha. Los otros me empujaron a la pelea. Alguien me arrojó una daga. Antes de que pudiera ponerme en guardia, alcancé a ver un brillo, lo esquivé y le asesté un planazo en la cabeza. Yo mismo no me reconocí. Los peones se hicieron a un costado para darme paso.
Después del amor, Rosaura se durmió enseguida. Él no podía hallar la paz del sueño. Los recuerdos de la Vicenta y su pequeño hijo lo desvelaron. La ley lo había condenado a ser un fugitivo. Desde entonces la taba le caía de culo. Las barajas le fueron esquivas y su mala fortuna lo siguió como la sombra de una lechuza.
Sintió que lo llamaban por su nombre. Se levantó sin hacer ruido. Afuera lo esperaban tres hombres vestidos de negro. Los dos que habían cantado en La Estrella flanqueaban al tercero: un hombre extremadamente alto que por momentos tenía la voz de Sardetti y, en otros, la voz del teniente alcalde o la voz de ambos al mismo tiempo. Moreira entrevió que estaba frente al mismo Mandinga.
Entendió que debía seguirlos. Pronto se encaminaron a La Estrella. Los ponchos negros parecían alas. Él galopaba su overo bayo y el Cacique iba en la montura como de costumbre. Llevaba las dos pistolas y su legendaria daga. Ató el caballo al palenque. El hombre le dijo algo sin desmontar. Se miraron a los ojos. Para asombro de Moreira, tenían el mismo rostro.
Antes de abrir la puerta se dio vuelta. No había nadie: los hombres enlutados habían desaparecido. Entró temblando; en el mostrador se sorprendió al encontrar a Julián Andrade. Le contó lo sucedido. Entre charla y charla tomaron una ginebra tras otra. Julián lo dejó solo.
Esa noche no podía dormir. El destino me deparó el milagro de lo inesperado. Adelina entró en mi habitación y se metió en la cama, desnuda. Su perfume me recordó a violetas movidas por el viento. Al alba se despidió; se iba a Europa por una temporada después del casamiento. Me habló al oído: "si querés saber de la hija de Moreira, andá a hablar con el Padre Ignacio de mi parte".
Una mujer rubia se acercó a Moreira y comenzaron a hablar. Un paisano cantaba aires de la llanura. Moreira tenía el pico caliente y de a poco se olvidó de los tres jinetes.
Casi al alba se llevó a la rubia a una pieza. Se quedó dormido. Lo despertaron los ladridos del Cacique. Afuera una partida de veinticinco hombres lo tenía rodeado. Se puso la daga en la cintura y con una pistola en cada mano salió a pelear.
Rosaura se despertó con un grito que le brotó desde el vientre.
En la iglesia de Lobos, el Padre Ignacio me dispensó unos minutos. Dijo conocerme de oídas y que confiaba en mí por la recomendación de Adelina. Habló abiertamente de Juana. En un momento se disculpó y volvió con una carta. Lo que me dijo sonó como una oración: "ella se consagró al Señor. Se encuentra en un convento de la provincia. Sería mejor que guardáramos silencio". Le devolví la carta y prometí callar.
Algunos días después, regresé a Buenos Aires perseguido por la sombra de Moreira.
A veces sueño que cabalgo a su lado, sintiendo el viento de La Pampa en la cara con el sol de frente, dejando nuestras sombras atrás mientras vamos hacia el horizonte.
Todas las noches, antes de dormir, rezo por la salvación de su alma. El Señor es dulce para perdonar.
Un beso amoroso de Juana.
Lobos, 30 de abril de 1894



