Ese domingo a la tarde hasta el sol tenía calor. Las nubes se habían tomado el primer colectivo y el cielo era totalmente celeste. Habíamos terminado de almorzar, el termo y el mate en la canasta de mimbre ya estaba puesto, unos bizcochitos, unas galletitas dulces, una pelota y un barrilete por si al viento se le antojaba acompañar.
El destino ya estaba hablado y hacia allí nos dirigimos. Se ve que mucha gente nos copió la idea: había apenas un lugar para estacionar entre dos autos, maniobra realizada ante la impaciencia para bajar de mis nietos, quienes ya habían usado el asiento de la camioneta como la mejor cama elástica
Los tomé de la mano para cruzar hasta llegar al cordón de la vereda. Y en la corrida suelta eludió a un niño en bicicleta y mi nieto disfrutó del pasto recién cortado del "Parque Urbano" con revolcada incluida.
Atrás mío, la Escuela Normal aun mostraba su portal que tantas veces me vio entrar. Sin querer trataba de encontrar la ventana larga de mi 5º Bachiller turno tarde, mientras caminaba rápido tratando de alcanzar a mi nieto que ya había sacado ventaja en la corrida. Salté una baldosa y pisé el pasto, me detuve; di otro paso más y miré mis zapatillas: algo se nublaba a la vista. Alcé la mirada para mirar más lejos aun y solo miré hacia atrás.
Con mis amigos tomábamos por Ugarte hasta Rivadavia, entre risas, planes de jugadas preparadas y cargadas que no ofendían. Sin querer, la diversión nos hacía el camino más corto y a la altura de la Escuela Normal cruzábamos la avenida. Ahí estaba esperándonos el potrero más poderoso de Campana: la cancha Municipal.
Por su césped siempre corto pisaron botines de varias generaciones y la pelota fue rodando hasta gastarse en peso y color. Por sus áreas peladas todos los potreros fueron uno solo; por esa cancha pasaron algunos de nuestros abuelos, varios padres de amigos, y más de un conocido habla de sus mágicas tardes de Liga de fútbol, de sus grandes jugadores que dejaron un recuerdo de gambetas, goles y picardía, patoterismo inocente de esquinas y bares.
"En esa época, como Maradona había cuatro o cinco por equipo", dicen los abuelos con nostalgia. Esa cancha fue testigo de finales barriales y zonales con un entorno repleto hasta que el alambrado se englobe por su propio peso y que sea imposible espiar por el hombro del de adelante. Cancha Municipal llena, desbordante de hombres y mujeres en casi igual cantidad. Por su vestuario húmedo bajo tierra se formaron equipos ganadores aun en la derrota. Plaza Italia, Independiente, Alumni, Newell´s… Muy de cerca viví la historia y pasión de "Campana Orilla". Mucho me han hablado de un tal "Yimmi", del "Gogo", del "Meco" y el "Colorado" Fernández, pero aun no sé porque a mi papá le decían "Gurri".
La gran cancha Municipal que ha cambiado los gritos de gol por el griterío infantil de niños jugando. En sus áreas de arqueros con rodilleras hoy una familia hace el picnic dominguero y en un banderín del córner, una pareja de abuelos vive su romance eterno.
Mi nieto se tira sobre mis hombros y vuelvo al hoy. Mientras junto las galletitas desparramadas miro al cielo y siento que alguien me guiña un ojo. Apenas sonrío y devuelvo el guiño: creo ver una camiseta roja y verde con el diez en la espalda que se esfuma entre la gente. Está todo bien, la alegría sigue en el lugar, como siempre. ¡Quedate tranquilo pá!
¡Hasta la próxima!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



