Sentado en el sillón doble Francisco se corre apenas el flequillo de un empujón. Es la única forma de ver el celular y aprestarse a la habilidad de cada pulgar de cada mano para enviar el mensaje número mil del día.
A su lado, su amigo Enzo como un calco de la situación, dibuja círculos indefinidos en el suyo hasta tirarlo sobre la mesita ratona que adorna la escenografía. Frente a ellos el televisor espera ansioso que Francisco presione el botón y se encienda la Play Station.
Son solo dos chicos sentados en un sillón y con sus manos hacen que unos dibujitos "jueguen" al fútbol. Se me ocurrió preguntarle a Francisco, ocultando un poco mi envidia por no entender los botones de "la play" y apenas usar el celular para que me llamen solamente.
-Si yo les doy una pelota de fútbol, ¿a qué se les ocurriría jugar los dos solos?
-Y… A los pases, al 2, no sé. A nada, mucho no se puede.
Esas fueron sus respuestas. Apoyé mi mano sobre el marco de la puerta, crucé la pierna izquierda sobre la derecha poniendo el pie de punta como si fuera Humphrey Bogart en "Casablanca" y, sabiendo de la respuesta negativa, pregunté:
-¿Nunca jugaron un partido a las cabezas?
Francisco me miró por sobre el flequillo y Enzo busco una sonrisa cómplice que llegó en el mismo instante. Nunca fuimos muchos para jugar a la pelota en la calle, a veces me sentaba en el umbral de mi casa de la calle French y hacía rebotar la pelota de goma marrón con rayas amarillas una y otra vez hasta que mi vecino apareciera y pudiéramos jugar aunque sea un partidito a las cabezas.
Para eso no se necesita mucho lugar. Los arcos se imaginaban con una remera o una latita de conserva. También el arco podría ser desde la pared hasta el arbolito. No existía el travesaño, solo hasta adonde alcance la mano de un salto. Pero, además, el juego tenía su reglamento: se tira la pelota hacia arriba y se cabecea; el gol vale uno; si el contrario cabecea y cabeceo yo, el gol vale dos; si el contrario cabecea y yo cabeceo de palomita, el gol vale tres (palomita vale tres); cabecea el contrario y la paro de pecho, puedo salir a gambetear y hacer el gol, el contrario solo la puede agarrar con la mano; si cabeceo y le rebota se llama "arremetida" y puedo marcar el gol.
De grande me di cuenta la importancia de este recurso lúdico para el aprendizaje y todo lo que se aprende y enseña. Es un juego dinámico que requiere atención, visión, reflejos, velocidad física y mental, habilidad y picardía. Y por sobre todas las cosas se aprende a cabecear y hace taaaanto que no veo un gol de cabeza en los campeonatos infantiles...
Para esta altura de la charla, Francisco y Enzo estaban de nuevo haciendo flexiones con sus pulgares mientras "la play" descansa el entretiempo del partido con dibujitos animados.
Ah, me olvidaba: a otra cosa que se podía jugar era "al cordón". ¡¿Que?! ¿Nunca jugaron al cordón?
¡Hasta el próximo domingo!
Néstor Bueri / Psicólogo Social



