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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 02/jun/2019 de La Auténtica Defensa.

Opinión:
Una trabajadora social
Por Maximiliano Valdez




Laura Iglesias fue asesinada la mañana del 28 de mayo de 2013, luego de ser interceptada por unos hombres cuando se dirigía a su trabajo en su coche. Torturada, violada y asesinada, su espantoso crímen dejó en evidencia las condiciones de desamparo por parte del Estado de estás trabajadoras sociales, como tantas veces ella misma lo había denunciado siendo delegada en ATE. Solas, sin ningún tipo de acompañamiento institucional y casi siempre con un grado elocuente de precarización laboral.

Laura Iglesias es hoy una cara que sonríe desde los stencils que se pueden ver en el patio de "la UnLu", impresos sobre los ladrillos de la institución donde se formó aquella ciudadana con una ferviente vocación y amor por su labor como pocas personas conocen en la vida.

Al menos así fue la primera vez que tuve contacto con su imagen que tenía abajo una frase que pedía Verdad y Justicia por Laura Iglesias, y así la recuerdan sus colegas, compañeras y familiares. También los estudiantes de la carrera de Trabajo Social en la sede de la Universidad de Luján en nuestra ciudad de Campana, quienes ven en el caso de Laura una llamada para buscar adentro suyo pero más en la comunidad de aquellos que deciden recorrer el mismo camino profesional, la conciencia de lo que representa aquél mundo en el que se están imbuyendo.

Cuando en la conmemoración que se llevó a cabo la tarde del Jueves 30 de mayo en la Universidad se presenta la pregunta "¿Quién fue Laura Iglesias?", en la primer oración Gabriela Trinidad -trabajadora social que forma parte del patronato de liberados, quien fue también compañera de Laura Iglesias- responde que "Laura fue una trabajadora social víctima de la violencia machista e institucional en su expresión más brutal."

Laura fue delegada de ATE, durante un proceso de organización y denuncia de las condiciones de trabajo, escasos recursos que proveía el estado y la ausencia de políticas sociales orientadas hacia la porción de la población que necesita reinsertarse a la sociedad: trabajo que recae sobre las trabajadoras sociales, quienes son el nexo entre el estado y el ciudadano, y en el caso de Laura y muchas otras trabajadoras más, entre el estado y aquellos que pasaron por instituciones penitenciarias que tienen por objetivo "penar y reinsertarlos" en la sociedad. De penar el estado se encarga y muy bien, pero la tarea para la que se forman las y los profesionales del Trabajo Social que es reinsertar, dista mucho de la tarea que el estado les demanda: contabilizar y perseguir.

Mientras más personas quedan bajo menos trabajadores sociales, más barato es para el estado, pero ese ahorro lo pagan con su vida los primeros. Y en el extremo trágico, como evidencia el caso de Laura, lo pagan las primeras; casi el 90% de las trabajadoras sociales son mujeres, y un poco más del 90% de los presos son hombres.

La matemática es simple para aquellos que ven en la función de las trabajadoras la cara del estado que los tortura, reduce a servidumbre, violenta y persigue estructuralmente.

La mañana del 28 de mayo de 2013, Laura Iglesias se dirigía a su trabajo en su coche cuando fue interceptada por unos hombres. Fue torturada, violada y asesinada. Su cuerpo encontrado el día 30.

Pero esto no es un hecho aislado de la labor que ella desempeñaba, pues las trabajadoras sociales se encuentran en condiciones de desamparo por parte del estado, están solas, sin ningún tipo de acompañamiento institucional.

En su femicidio tuvieron influencia la exposición y la precarización laboral. El único imputado fue condenado a cadena perpetua, y la resolución judicial además ordenó revisar las condiciones de trabajo de los trabajadores sociales: aquellas condiciones laborales paupérrimas por las que se quejó Laura durante su vida, siguen siendo en su mayoría las mismas en las que desarrollan su labor hoy en 2019, seis años después de su asesinato, los que desempeñan esta tarea.

Pero el colectivo de las organizaciones que reclaman se acrecentó, y cada vez son más quienes con más fuerza exigen no sólo el esclarecimiento de la causa de su colega, sino que también levantan las banderas que en su momento cargó Laura.

"Se pierden compañeras en el camino" continuaba alguien en la pequeña multitud que nos hacíamos abrigo en el patio de la UnLu, y en grupo iban ellos reflexionando acerca del caso de Laura, de cómo cada uno se sentía interpelado, también de cómo deben seguir hacia adelante y reclamar más, aún más, porque todavía se tienen y comparten como Laura aquella vocación de cuidar de quienes necesitan cuidado.

Sigue siendo aún al día de hoy un riesgo que se afronta con la vida misma, aquel de ser un trabajador social, pero lo es más ser una trabajadora, porque la condición biológica también influye en cómo el peso del mundo recae sobre unas más que sobre otros.


Foto de Virginia Siede. Un agradecimiento a Marianela Cristal Gómez.


Maximiliano Valdez / Estudiante de Comunicación Social (UBA)


 
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