No es una primicia que el (des)empleo es un problema en la Argentina de hoy, especialmente con la economía en recesión desde hace varios años.
Tampoco es una novedad que el capitalismo en el mundo traga vida, metaboliza dinero y escupe pobres, pero con cifras que estiman un 32% de personas viviendo bajo el límite de pobreza, según el último censo del INDEC en 2018, es innegable que el pueblo está atravesando su peor momento en décadas.
Naturalmente, la primer pregunta que surge es ¿hasta cuándo?, y la respuesta es por lo menos cuatro años más, pues la agenda de ajuste es un mecanismo cuasi lógico, hasta algorítmico en cualquier libro de economía en su apéndice recetario de "léase en caso de recesión". Y está impreso en la agenda de nuestro próximo presidente, sea quien sea, diga lo que diga.
Y si la próxima figura que ostente el cetro cambiara, el FMI será un invitado estelar a la cena familiar, una especie de hermano siamés con letargo que si se interviene quirúrgicamente para separar puede tener consecuencias graves para la salud político económica federal.
Esta vez, Braden está engrapado al dorso de la lista del próximo gabinete, y no se lo puede simplemente echar. Y la consecuencia natural a esa primer pregunta es: ¿Y entonces, qué hacemos?.
Y si bien mi respuesta es que "el helicóptero que sale desde el techo de la casa rosada debe ser utilizado en situaciones extraordinarias, así que démosle al presidente una. Urgente" la realidad es que aunque la diezmada clase media argentina que percibe un salario más bajo y gasta más, come menos pero come lo suficiente para aguantar por lo menos un año más de esta muerte lenta a la que es sometida por aquellos que ostentan el poder (y los poderes).
Así, despacito -o de golpe, pero de a ratos y de manera eventual- sí hay pueblo que aguante. El ejercicio para comprobar por su propia percepción, invito al lector, es salir a observar y comprobar que la gran mayoría queremos lo mismo pero no hay detonante que nos reúna en las calles para gritar todos juntos que no aguantamos más…o que sí -porque así parece-, pero que duele. Y que el costo de ese aguante durante el día es la intranquilidad de la conciencia durante la noche, que el peso no se acarrea solamente sobre las espaldas, sino hasta dentro del cuerpo y las mentes del pueblo que paga con sangre y sudor, pero tragando lágrimas por los desaciertos de aquellos en quienes depositaron su confianza y que, en lugar de protegerlos, los utilizan de carnada para generar dividendos.
Por otro lado, como contracara y para no atosigar sólo con el costado pesimista, es justo mencionar a favor de nuestro pueblo que no es ajeno a transitar crisis económicas profundas, que vuelven a surgir emprendi-mientos de aquellos que han perdido sus puestos pero que como alternativa a la desocupación logran sacar fuerzas para encarar proyectos autoges-tivos. La crisis acarrea necesariamente un despertar de la creatividad.
Argentina, el pueblo que en los últimos tiempos devino en agravado descreimiento de la política, paga hoy la consecuencia de fiarse de dichos individualistas del estilo de "no importa quién esté, el crecimiento sólo depende de mí". Comprueba que el crecimiento es de todos o no es, y que el deslome solamente no basta, que no es tanta la independencia que se tiene de los políticos de turno.
Nos salpican los mensajes entre los economistas de los principales polos financieros del mundo, contando por ejemplo los analistas del Financial Times que "los argentinos viven en el segundo país más miserable del mundo"-¿creerán que hay que regocijarse en no estar tan mal como Venezuela?- o al leer el Washington post, que nos sugiere que nuestro país atraviesa una nueva fuga de cerebros y que "No es la primera vez que los argentinos buscan refugio en Europa en tiempos de incertidumbre económica". O El País, que titula en una nota que la economía argentina es "víctima de una histórica crisis de confianza", y que el problema está en oscilar entre políticas liberales y proteccionistas.
Tal vez en comprobar mes a mes que la misma plata que cobramos rinde menos, o en el eco de las predicciones catastróficas que nos deparan los ojos de los analistas extranjeros, podemos encontrar por lo menos una certidumbre: habrá que armarnos de valor, firmeza y brío para enfrentar los años venideros.
Maximiliano Valdez / Estudiante de Comunicación Social (UBA)



