La enfermedad de hígado graso o esteatosis hepática, se trata de una enfermedad ocasionada por un depósito de grasa en el hígado, es una afección silenciosa que no suele provocar síntomas, pero en caso de presentarse los mismos pueden ser: cansancio, malestar general, dolor o molestias en la parte derecha y superior del abdomen.
Si no es tratada a tiempo dicha afección puede empeorar desarrollando un cuadro de inflamación llamado esteatohepatitis, llegando a causar fibrosis hepática la cual puede evolucionar a cirrosis.
Algunas enfermedades como la obesidad, diabetes mellitus tipo 2, hipotiroidismo, dislipemias (colesterol y triglicéridos elevados), consumo de corticoides, antiinflamatorios, estrógenos sintéticos, entre otros; procedimientos quirúrgicos: colecistectomía (extracción de la vesícula biliar), resección extensa de intestino delgado, etc. están íntimamente relacionadas con la presencia de hígado graso.
Según investigaciones la esteatosis, aumenta de manera directamente proporcional al índice de masa corporal (IMC), por lo tanto el aumento de esta patología se da simultáneamente al aumento de exceso de peso.
Es una enfermedad muy común, afecta entre el 20- 30% de los adultos de la población general, siendo superior al 70% entre las personas que presentan obesidad y diabetes tipo 2. Es la enfermedad hepática más frecuente, su prevalencia es superior a la de cirrosis y hepatitis.
Es sumamente importante la consulta con un hepatólogo, quien realizará el diagnóstico de esta enfermedad mediante ecografía, pruebas de laboratorio hepático y biopsia hepática.
El reconocimiento y tratamiento de la enfermedad es importante ya que no solo puede evolucionar a cirrosis, como se mencionó anteriormente, sino que tiene un rol significativo en el desarrollo y progresión de la enfermedad cardiovascular, es un marcador de riesgo y está implicado en la generación de ECV.
El objetivo principal de su tratamiento consiste en tratar las enfermedades asociadas (dislipemias, sobrepeso, ect.), realizar cambios en el estilo de vida, y controlar factores de riesgo modificables tales como: peso, sedentarismo, consumo de tabaco y alcohol.
El tratamiento nutricional consiste en evitar el consumo de alcohol, productos de bollería/ pastelería, alimentos procesados (hamburguesas, milanesas pre-elaboradas, tartas, empanadas, comidas ya elaboradas – preferir caseras), alimentos chatarra (papas fritas, chizitos, snacks en general), bebidas gasificadas comunes, azúcar, lácteos enteros (manteca, crema de leche, yogurt, leche), fiambres y embutidos, carnes grasas, y mantener una dieta rica en: ácidos grasos poliinsaturados; presentes en aceites crudos de maíz, girasol, oliva, soja, pescados como el atún, sardinas, trucha o salmón, con abundante aporte de fibra presente en vegetales (principalmente las verduras de hoja y las verduras con cáscaras comestibles), frutas y cereales integrales (pan integral, arroz integral, pastas integrales), copos de maíz y avena (sin azúcar), legumbres (lentejas, porotos), tener un consumo de 2 a 3 litros de agua por día y realizar actividad física con frecuencia.
Si bien cada caso es particular y debe tratarse individualmente, en líneas generales desde el punto de vista nutricional la recomendación principal para esta patología es la reducción del peso y la implementación de ejercicio físico.
Lic. Ana H. Zabinski MP: 3882. Integrante del equipo de nutrición Serenare
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