LA PLATA, (Especial de AIBA). Falta control. De todo tipo falta. Y porque falta, cualquiera puede hacer aquí lo que se le ocurra. Lo hace a sabiendas de que no hay peligro, no hay sanción, ningún control.
Tampoco hay organismos de control. O están pintados. Tanto que un exagerado podría afirmar que, pese a las raras excepciones, se trata de una regla general.
Hay quienes torean a la población, se burlan de ella, con determinados controles que finalmente tampoco existen. Si no, que le pregunten a los porteños si están vigentes los controles para los acompañantes de perros que hacen sus imprescindibles depósitos líquidos o sólidos no sólo en bancos, usted sabe.
O, más cerca en el tiempo, si continúan o si alguna vez empezaron, los anunciados controles a los cuidacoches compulsivos en las cercanías de los estadios de fútbol y otros espectáculos masivos o lugares concurridos.
No hay control. De ninguna especie lo hay. Aunque juren que lo hay.
Cada uno puede hacer lo que se le ocurra. Basta que se anime a burlar los controles que están pintados. O a contribuir con un óbolo para que el controlador se haga a un costado o mire para otro lado.
Asegurar que falta control es una afirmación de mal gusto para quienes están empeñados, inútilmente, en demostrar lo contrario. Por eso se enojan los que tendrían que controlar y no controlan porque no se puede, no los dejan, no quieren, no les conviene...
Y así como te meten el perro con el contenido de las garrafas de gas, te lo meten, también, en la cantidad, calidad o peso de ciertos productos, empezando por los alimentos y continuando con todo lo demás, incluidos los servicios. Te dicen que no hubo aumento porque te cobran lo mismo aunque disminuyan el peso, la cantidad o la calidad. Parece lo mismo. Y no es. Tampoco los controlan. Los dejan hacer lo que quieran en perjuicio de la población. Que tiene derechos que no suele ejercer. Y que no ejercen, tampoco, los controles. Porque no hay, porque están dibujados, porque no quieren o no los dejan o no les conviene.
Y porque no hay controles -o regulación- la corrupción avanza sin temores por el cuerpo social. De abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo. Los de arriba roban mucho porque es mucho lo que tienen a disposición. Los de abajo roban poco porque poco es lo que hay. Y todos saben o sospechan que no hay control. Por eso roban. O se acostumbran a hacerlo. Y de tanto robar unos y otros terminan por convencerse de que no está mal lo que hacen. Al fin, nadie controla lo hecho.
Unos hacen negocios, sobornan, roban. Otros, se llevan las biromes, cigarrillos, revistas, una resma de papel. Lo que hay, lo que está a la vista o dejaron olvidado.
Como no había controles nos robaron con las privatizaciones. Y no fue todo lo que nos robaron. También nos metieron las manos en los bolsillos a la vista del público y sin que nadie interviniera en defensa nuestra. Nos conformaron con palabras. Otra vez se burlaron. Lo siguen haciendo. Así lo nieguen como Pedro pero mucho más que tres veces.
No hay control. Y cada uno hace lo que quiere. Pero no siempre es bueno lo que quiere.
Dicen que alrededor de trece mil motoqueros se deslizan sin control, con motos y ciclomotores, por la ciudad de Buenos Aires operando como mensajeros o en el reparto de alimentos. Y hasta el jefe de Gobierno lanza una campaña que ya pasó al olvido decidiendo el uso obligatorio del casco que los motoqueros usan cuando quieren. Lo mismo que las reglas de tránsito que cumplen si tienen ganas. Así se suman, también ellos al descontrol general. Que está la vista de cualquiera. Hasta de un miope.
Todos lo ven, excepto esos políticos y funcionarios que viven ajenos a la realidad y para quienes a veces la mentira es la única verdad.



