Buenos Aires (especial para NA por Pepe Eliaschev) -- Hay un camino maldito en la Argentina: ponerse de acuerdo. Buscar convergencias, achicar distancias, generar resultados representativos, conseguir denominadores comunes: eso, aquí, se consigue poco y nada.
Un rasgo poderoso de los días contemporáneos de este país radica en ese ardor imperturbable y seductor. Equivale casi a una predestinación, algo parecido a una ecuación medio siniestra, que podría conjugarse así: si podemos discrepar y no conseguir armonía, ¿por qué habríamos de acordar y avanzar, aunque sea más lentamente?
La cultura argentina de la discrepancia es muy evidente en casi todos los renglones de la topografía de nuestro país, pero ese dato resplandece hoy de manera rotunda en el escenario del poder oficial. De ese barullo sistemático surge ahora una por ahora vaporosa, pero potente sensación de angustia.
Con una coyuntura relativamente instalada y serena (si se la compara, claro, con el incendio incandescente de 2001/2002), la Argentina sigue suscitando temores e interrogantes legítimos en torno de su futura gobernabilidad.
El áspero conflicto que se generó entre el gobierno federal y el de la provincia de Buenos Aires es un muestrario de impropiedades políticas y desajustes incomprensibles n lo atinente a la fijación y avance de las políticas públicas de Estado.
No estoy diciendo que las contradicciones pueden desaparecer por decreto y que la buena política es aquella que suprima las discrepancias insuperables. Entiéndase: el gobierno de Néstor Kirchner no solo tiene derecho, sino a veces hasta puede tener necesidad legítima de batallar frontalmente contra lo que impide el desarrollo de sus metas.
En la Argentina, empero, no resulta claro si los abismos de crispación que cotidianamente estragan nuestra vida de confrontación son totalmente inevitables o si, en verdad, muchos de ellos provienen de obscenas necesidades de acumular masa crítica propia.
Es útil leer los diarios: pese a que los militares ya no cuentan en la política nacional desde 1990, la jerga cotidiana está plagada de un asfixiante léxico castrense. Se habla de los ¨coroneles¨ de Kirchner, de la ¨propia tropa¨ de Duhalde, de caciques, de trincheras, de francotiradores. La palabra más popular en los titulares de los medios es ¨pelea¨.
Así, cuando hay una divergencia de puntos de vista, los medios dicen que fulano salió a ¨cruzar¨ a mengano y en todo momento hay pulseadas, presiones, aprietes o zafarranchos.
En abierta nostalgia por los tristes episodios de fines de los años Ochenta, cuando un grupo se enemista políticamente con otro e inicia su preparación combativa, se afirma que se está ¨pintando la cara¨. Todo muy sórdido: en este país, ni el Gobierno puede prescindir de las agotadoras gimnasias bélicas cotidianas.
¿Era, caso, inevitable que la disputa con Felipe Sola hubiese sido tensada por el Gobierno con tanta fruición, como si importara torcerle la voluntad al bonaerense? El Presidente asume con una frecuencia llamativa los contornos que le han ganado justamente la fama de empedernido forjador de fricciones prescindibles.
El reconocido lingüista y semiólogo Eliseo Verón le dijo esta semana a la periodista Astrid Pikielny que ¨cada vez que Kirchner habla, ataca a alguien. Si yo supiera exactamente cuáles son sus enemigos sabría cuál es su proyecto político concreto¨ (revista ¨Debate¨, junio 18).
Pero, en el caso de Kirchner, ¿cuál es su proyecto político concreto? La formación de un sub-bloque de alineamiento automático con el Ejecutivo en la bancada justicialista de Diputados refiere, más que nada, a una pulsión verticalista de vieja data. ¨A Kirchner no se lo tutela, ni se lo aprieta, ni se lo extorsiona.
Se lo respeta¨ bramó sobre el fin de semana largo el rionegrino Osvaldo Nemirovsci.
Unos 40 diputados nacionales del justicialismo se encuadraron, así, en el estilo y la sustancia del más ortodoxo ¨pejotismo¨, una palada más de tierra sobre las languidecientes aspiraciones de sustentar una república razonablemente fundada sobre la separación de los poderes.
Pero tal división no es la niña de los ojos de este gobierno.
En rigor, tal vez no haya en el mundo república presidencial en la cual el Ejecutivo renuncie a controlar con mano de hierro al Congreso y, sobre todo, a la fracción oficialista, pero en la Argentina la amenaza que el Presidente advierte en el accionar de los diputados que responden al liderazgo de Eduardo Duhalde aniquila las ya de por sí módicas expectativas de darle sustento a un liderazgo político fuerte con minucioso respeto y aliento a las posibilidades de acuerdos políticos. Eso parece un insulto intolerable para el Gobierno.
El estilo vertical nacional es hoy inconfundiblemente reduccionista: achica la discusión política al ejercicio de la supremacía y se conjuga sobre un océano de suspicacias y conjeturas envenenadas. ¿Acaso el cordobés José de la Sota no cargó con el Gobierno federal esta semana porque un programa de TV dedicado a denuncias expuso los vericuetos de una red de prostitución en su provincia?
Para De la Sota no había dudas; había sido el número 2 real de este país, Alberto Fernández, quien lanzó a los galgos sobre la gobernación mediterránea, para ¨desestabilizarlo¨, queriendo equipararlo con la Catamarca de los Saadi y el Santiago del Estero de los Juárez. ¿Resultado? De la Sota dijo que se bajaba del avión presidencial que, atestado de invitados, llevará a Kirchner a China dentro de pocos días.
¨Es un viaje muy largo¨ murmuró el ex embajador de Menem en Brasil, en una crasa lección de lo que son las políticas de Estado para el justicialismo.
Hay empresarios significativos y claramente asociados a modelos de expansión de la base productiva nacional que se asombran del estado perpetuo de desacuerdo que suele ser el palpitar normal del poder político en vigencia.
¿Por qué resulta tan imposible en la Argentina sentarse a diseñar acuerdos? se preguntaba el otro día uno de ellos, importante en serio. No hay respuesta valedera para esta pregunta que pueda ser sustraída del mundo de las articulaciones conceptuales. Una verdad inexorable: acordar significa renunciar parcialmente a los propios reclamos máximos, pero -sobre todo- hacerlo al descubierto.
Como, de todos modos, siempre hay retrocesos y concesiones, fuera de la negociación abierta al público, la otra posibilidad es la rancia mentira de pregonar intransigencia al aire libre, para practicar la transigencia bajo la mesa. Eso se ha hecho en la Argentina. Y eso se hace hoy, claro.
El Gobierno no es macizo ni homogéneo y eso es bueno. Una semana después de que el Presidente involucrara a Ricardo López Murphy en intentos soterrados para desestabilizar su gestión, el canciller Rafael Bielsa dijo en un reportaje que ¨a López Murphy lo respeto¨. Bielsa maneja matices que en la caldera a alta presión de la Casa Rosada parecieran inimaginables.
Hay en esto un asunto primordial: la Argentina requiere imaginación democrática para construir consensos prácticos.
Esa cultura de la practicidad concebida como una manera cierta de fortalecer las instituciones sigue siendo todavía minoritaria.
Es una religión de minorías y desde el derrumbe de diciembre de 2001, falsamente recuperado por la mitología como un alzamiento ¨revolucionario¨, lo que ha venido prevaleciendo es una especie de impostación de la musculatura ¨transgresora¨. Es puro aire caliente; se pretende argumentar que el ¨rating¨ político se construye rompiendo guitarras en el escenario, a ¨lo¨ Charly García.
Todavía destella en estas tierras una ideología de la heroicidad entendida como desplante. Por eso, el acto del 22 de junio, cuando en el Centro Argentino de Ingenieros se homenaje a Ricardo Balbín, es una clara apuesta a la reivindicación del diálogo como cultura política dominante.
Pese a que el acto lo organiza el Comité Nacional del radicalismo con Angel Rozas a la cabeza, la participación central del peronista Antonio Cafiero y el socialista Rubén Giustiniani proporciona una ocasión multipartidaria y rica para evocar las posibilidades de que la Argentina recupere la doctrina de la búsqueda de consensos, entendida no como ominoso atajo rumbo al encubrimiento clandestino, sino como herramienta moderna y civilizada para construir un país.
Para recurrir a un concepto fuerte acuñado en los años Setenta por el líder del comunismo italiano, Enrico Berlinguer, también la Argentina podría beneficiarse de un compromiso histórico que demuestre las posibilidades de las paralelas convergentes.
En apariencia, es un dislate geométrico, pero podría ser un fenomenal descubrimiento al servicio del progreso de este país.



