El niño tranquilo que mira desde una esquina y obedece de inmediato no siempre es un niño feliz, por muy "cómodo" que sea para las personas que lo rodean, e incluso para sus padres. A menudo, cuando sentimos miedo, desesperación o vergüenza, tendemos a escondernos de nosotros mismos en un rincón distante. Por lo tanto, es mejor enseñar respeto, no obediencia ciega que emana del mismo tormento que roba las identidades.
El efecto negativo de la educación autoritaria
El tipo de niño que lo toca todo, lo mira todo y hace preguntas, niños que recorren las habitaciones con insaciable curiosidad, son niños felices. Por otro lado, también hay niños tranquilos y más restringidos, pero no tienen dificultades para vincularse. Todo lo que tienes que hacer es encontrar un tema que les interese, que ilumine sus ojos y demuestre la riqueza sensacional que llevan. Son niños introvertidos y felices.
Pero a menudo podemos encontrarnos con niños que evitan nuestra mirada. Parece que se dirigen a la siguiente esquina para pretender ser como si no estuvieran allí. Para sentirse a salvo de un mundo que no comprenden. Son aquellos niños que no protestan y en cuyo vocabulario no hay "por qué", no hay preguntas que exploren, no hay ojos que cuestionen los hechos.
Está claro que nuestros hijos necesitan límites y reglas estables. Pero el niño tranquilo, que siempre obedece sin discutir, es muy a menudo el producto de una educación autoritaria. Una educación en la que las reglas están determinadas por la amenaza y no por la inteligencia.
La inteligencia es para aquellos que no usan el miedo sino la empatía. Para aquellos que prefieren darles a sus hijos un sentido de respeto y la oportunidad de entender por qué ciertas reglas y regulaciones deben ser respetadas.
En este contexto, no debemos ignorar un hecho esencial: los niños necesitan entender la base de todo lo que se les exige. Si nos limitamos a imponer una obediencia innegable, perfilaremos personas inmaduras que siempre necesitan que alguien les diga qué hacer y qué tener.
Cómo criar a un niño feliz
Como padres o educadores, sabemos cómo decirle a un niño con voz autoritaria: "¡Haz eso ahora porque te lo digo!" Es un remedio que ahorra tiempo. Solicitamos urgencia y nos trae buenos resultados. Pero, ¿qué precio pagamos por él y cuáles son las consecuencias si exigimos obediencia inmediata haciendo uso de los gritos?
Los efectos son inmensos. Daremos forma a un niño con conductas tranquilas o desafiantes. Con una dinámica tan autoritaria, perdemos la esencia de lo que podemos construir con nuestros hijos, que es su confianza y autoestima.
Entonces, nos surge ahora la duda ¿cómo hago para que mi hijo me obedezca? Obviamente, eso no es fácil cuando solo lo hemos logrado mediante amenazas y castigos. Pero a veces la respuesta es mucho más simple de lo que parece: si queremos que nuestro hijo confíe en nosotros, si pedimos que nos obedezca, también aprendemos a confiar en él, aprendemos a respetarlo.
El respeto se muestra escuchando. Responder preguntas, argumentar, promover la reciprocidad. El respeto se gana teniendo en cuenta las necesidades, preferencias, idiosincrasias. Por lo tanto, es necesario dar paso a un tipo de obediencia inteligente, donde el niño entiende la razón de todo, internaliza las reglas y conoce sus beneficios antes de que tengan que obedecerlos.
Queremos niños felices, receptivos a su entorno, dispuestos a aprender. No los niños silenciados por la sombra del miedo y el autoritarismo.
Fuente: /www.menteasombrosa.com (Por Cristian Agustín Alderete)



