El hombre tenía la cabeza inclinada casi en ángulo recto sostenida por una mano. La otra mano sostenía el vaso con tinto. Las empanadas se enfriaban absorbiendo el aire y el desaire del que no podía comer. Le habían hablado de esa esquina de Campana de Cabrera y Colón donde revivían hechos, personajes, circunstancias que se descolgaban de los cuadros y flotaban etéreas impregnando el salón al frente de la entrada, el mostrador a la izquierda y otro salón más grande al fondo. El hombre sentado justo donde el salón del fondo doblaba, sentía esas presencias de la época que pregonaba una bandera en la puerta de entrada: "mueran los salvages unitarios", así con ge. Esas presencias, como sombras, se le metían en su esencia de primer chozno del canario. Su padre y uno de sus hermanos le habían contado la historia de Domingo, desde su llegada a Montevideo en 1820, con 20 años y tres meses en el barco que abordó después de decirle al padre, como diciéndole cruzo enfrente, que se iba a América. Sus padres y abuelos habían nacido como él en las islas Canarias, más atrás estaba reconstruída prolijamente su ascendencia irlandesa. Más adelante lo esperaba Santa Fe.
Otro hombre enfrente pasando tres hileras de mesas llenas de gente charlando , lo miraba en silencio. También estaba solo con la mirada perdida buscando razones para comprender esa época tan dura de su tatarabuelo, donde no se andaban con vueltas ni con chiquitas. Su familia había atesorado todos los detalles de la historia del alférez Felipe que con 20 años apenas integró la partida que partió a Santiago del Estero para capturar al canario. Después que Ibarra lo entregó engrillado, era uno de los que lo custodió en el largo y triste viaje atravesando tres provincias con un hito marcado, Arroyo del Medio, donde termina Santa Fe y empieza la Provincia de Buenos Aires y un destino inexorable como la orden impartida por el Restaurador: ni bien estén en Buenos Aires lo pasan por las armas sin más trámite. Así se resolvían las cosas hacia 1839 y su tatarabuelo, Felipe, sabía que iba a integrar el pelotón de fusilamiento.
Habían llegado hasta nuestro segundo hombre, por rigurosa tradición oral familiar, sin nada escrito, los pormenores de ese amanecer trágico. Felipe fue el elegido para avisarle a Domingo que la hora ya era. Habían charlado mucho en el largo viaje y al terminar de cruzar Córdoba ya se podía decir que disfrutaban esas pláticas lentas. Felipe había nacido cerca de Rosario en un pueblito de campo que ahora es Chañar Ladeao pero a los cuatro años ya estaba en Capilla del Señor aunque igual se sentía santafecino y admiraba a Estanislao por su valor en los encuentros sangrientos que se dirimían de a caballo. El hombre que fue a buscar al cuartito que se improvisó celda, Domingo, lo conoció bien y lo sirvió lealmente como ministro hasta el infausto día de 1838 en que murió tranquilamente en su cama. Alguien, que sabía que López estaba enfermo sin cura, esperaba esa muerte para matar al canario, ¿y usted que hizo don Domingo? Ibarra le había dicho: compadre póngase medias gruesas para soportar los grillos, pero igual lo habían lastimado: Felipe le limpió las heridas casi como a un padre mientras recibía respuesta. Yo acaté el mandato de mi provincia y asumí la gobernación, pero no sabía nada de armas y por lo tanto para esa época no podía mandar, así que fui a buscar apoyos y en eso estaba con mi compadre y amigo Ibarra, el resto ya lo sabe y no le guardo rencor a Ibarra, seguro no podía hacer otra cosa. El tataranieto de Felipe tenía casi los ojos cerrados evocando esos tiempos románticos y trágicos donde imperaba el señorío de lo gaucho y la serenidad de las pampas aún en los momentos que había que instrumentar el instante final para alguien.
En el lugar central de la pulpería donde se unían y separaban los dos salones, un cantor lograba que la guitarra y el canto acompañen los recuerdos. Tres mesas más al fondo el primer hombre, el chozno de Domingo, recibía como el segundo las cazuelitas y la tercer vuelta de tinto y pensaba en la carta que pidió escribir antes de partir hacia el ombú donde se encontraría con las balas: "en este momento me intiman que debo morir, así lo ha dispuesto la providencia divina..." El otro repasaba las mismas escenas: Felipe había arrancado las tablas clavadas con las que habían clausurado la puerta del galponcito y trasmitió la triste y concisa nueva al canario que lo miró profundo y le pidió medios y tiempo para escribir una carta a su esposa e hijos.
Los pensamientos de ambos hombres que casi no podían gustar los bocados, sólo apurar los tragos, eran ya coincidentes, cuando por primera vez se miraron. Sonaba en la peña "huaino fronterizo" con el ritmo sostenido y lento con que los dos caminaban hacia el ombú. Había rechazado la soga y la venda para disponer hasta el final de sus manos y de sus ojos y sólo se le concedió un último deseo. Luego se desgranaban los versos profundos de "como prosiando" hoy mientras ayer Domingo, ya de pie apoyando la espalda en el ombú pidió unos amargos. La mujer del puestero fue mirada por el que mandaba y eso bastó. Presurosa preparó unos mates como ella sabía, agitando el cuenco para acomodar la cebadura sobre una pizca de azúcar y después humedecer de costado un lado para poner la bombilla. Felipe y otros tres ya estaban alineados enfrente. La mujer tomó el primero y ofrendó el segundo, el mejor, al condenado. Luego el que iba a dar la orden tomó el tercero y siguió la ronda con los cuatro en fila y por último el puestero. Nadie dijo gracias. A la tercera ronda se secó la pava y el designio inescrutable de un destino trazado se apoderó de los que iban a hacer lo que no querían. Domingo miró fijo a Felipe y se reconoció subiendo al barco con sus inseguridades y sus miedos de veinte años. La descarga fue y el primer sol entre las hojas del ombú comenzó a pintar moneditas sobre los rostros tristes de los que estaban de pie. El caído recibió el tiro que no hacía falta. La partida se alistó para seguir a Buenos Aires y el puestero se fue a buscar la pala.
Dos horneros anidaban en el ombú como en la cumbrera del rancho que ahora retumbaba, cuando por fin se reconocieron, pudieron comer con ganas empanadas y compartir unas cuantas vueltas de tinto. Charlaron hasta que el dueño vestido de gaucho tuvo que decirles que se fueran porque iba a cerrar. La noche los recibió inclemente y desierta pero se citaron en el Plaza. En los pueblos y en las ciudades grandes siempre hay un bar que se llama Plaza. Estacionaron sus autos y charlaron hasta el quinto café. Lo primero fue tratar de entender juntos como había sido posible que se reconocieran al darse cuenta que estaban en el mismo recuerdo en dos lugares distintos, al pie del ombú y en la pulpería en dos tiempos separados por ciento setenta y un años pero contenidos en un instante común donde el espacio tiempo se había curvado hasta tocarse en un punto de cuatro dimensiones, dos lugares y dos tiempos yuxtapuestos por el misterio de dos hombres próximos pensando en los mismos hechos desde las miradas de los dos protagonistas centrales y la magia de que se hayan reconocido como hacedores del milagro de una reencarnación especial, sin carnadura, sólo mental.
El tataranieto y el chozno eran los dos ingenieros pero habían conocido a Einstein por placer. Ambos iban a releerlo. Cuando se despidieron tenían casi el mismo respeto mutuo emocionado que Domingo y Felipe en aquel momento cruel. Se abrazaron en la vereda, mientras el primer sol se abría camino entre las hojas de los árboles de la plaza y dibujaba moneditas sobre sus rostros cansados.
"Pulpería La Federal y el ombú" es un cuento que integra mi próximo libro "Qué pasó con Juan y otros relatos" de inminente aparición. De esa forma quiero apoyar la continuidad de ese sitio emblemático de la cultura campanense; que según reportaje reciente al dueño, estaría por cerrar. Cordiales saludos.
Cuento de Patricio Cullen / patricio.cullen@gmail.com



