Diógenes fue un filosofo griego nacido en Sinope que se ganaba la vida mendigando pan porque entendía la sabiduría viviendo en contacto con la naturaleza. Así es como aprendemos en las clases de oratoria que nos dicta Ismael Garzón en su cátedra del Taller Escuela Mariano Moreno.
Pero en esta nota hablaremos de otro Diógenes, cuyo origen no conocemos, ni cuantos años tiene y mucho menos cuando nació. Solamente se trata de un perro de la calle, comentándose que una familia que emigró a Mendoza lo cuidaba y vayamos a saber porque lo bautizaron con el citado nombre. Dicen que fue un homenaje a un viejecito que deambulaba por las calles de Campana, ya que dicho hombre vivía de la solidaridad..
Siempre vagabundo, se ¨pateaba¨ todas las calles del barrio y aledaños, instalándose, sin permiso, en el kiosco de diarios y revistas de Balbín y French, donde fue adoptado. Desde aquel día lo cuidan y aman en tarea compartida, porque el amor es uno solo para el bueno de Diógenes, quien tuvo la dicha de encontrar a la ¨negra¨, otra congénere de la calle.
El perro de nuestro relato es mediano, blanco con manchas marrones claras y con sus ladridos se hace entender de maravillas. Marta y Carmen lo cuidan con esmero. Marta lo baña y junto a Carmen se ocupan de los medicamentos que necesita Diógenes, alimentandolo como corresponde, abrigándolo con capitas de lana, durmiendo en cajas de cartón que oficia de cucha.
Insistimos. Cuanto amor se le prodiga al can. Porque todo resulta igual a lo que hacen todos los perros, revolcarse, caminar bajo la lluvia; se lo ve tan feliz y enamorado, ya que siempre tiene alguna perrita para seguir...
Esta es una breve historia de un perro muy simple, como otras que suceden todos los días. Quizá Diógenes lo merezca, o será porque lo amamos. Cada día su vida corre peligro al cruzar las calles del barrio Banco Provincia y su intersección con la avenida Balbín, entre automóviles, camiones, motos, bicicletas. Pero el inteligente can se las ingenia para salir airoso de esos peligros de la calle, en su aventura cotidiana.
Gracias mi fiel amigo. Por tus ladridos anunciando que estas para hacernos compañía. También gracias a Marta de Filippetti por entender que la vejez de Diógenes necesita calor, amor y buena comida y se lo llevó para su casa. Si Marta está ausente, la reemplaza Carmen Cabado. Gracias estas solidarias vecinas que honran al barrio por estos gestos de amor, en nombre de todos los que amamos los animales.
Si usted, amigo lector, no se sintió defraudado por esta ¨breve historia de un perro¨ es porque, como quien escribe este artículo, integra la gran parte de la sociedad que comprende, simplemente, la existencia de un can en nuestra propia vida por el amor que ellos generan en los humanos.
La autora es alumna del Taller Escuela Mariano Moreno, de Periodismo y Comunicación.



