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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 23/nov/2018 de La Auténtica Defensa.

Charlas en el café:
Son ocho los monos…
Por Vicente Blasco




"¿La verdad? Yo mandaría a todos los políticos a un examen de actitud… no hablo de aptitud porque estaría discriminando. De actitud, cómo enfrentan la cosa pública, si entienden para qué están ahí" le tiré al Perro después de recorrer algunos titulares que mejor ni recordar.

"A todos y todas, querrás decir. De última, si me apurás, a todes les polítiques", me dijo el Perro con una sonrisa medio sobradora. "¿Qué te pasa? ¿Te anotaste en la Cultural Francesa? ¡Habláme bien, por favor!", le contesté bastante fastidioso.

"Bueno, querido, eso intento. Me imagino que sabés que estamos ingresando en la era del lenguaje inclusivo…" me dijo el Perro, acostumbrado a dictarme cátedra. Obvio que sabía de lo que estaba hablando, pero no se la iba a dejar pasar. "A mí me parece todo una payasada. Si la pelota no se mancha, el idioma tampoco ¿qué es eso de hablar todo con é? ¿Qué les pasa?", le tiré. "Pasa que los tiempos cambian, estimado. Y hay que estar permeables a los cambios, si son para bien…", me dijo el Perro con inusual tono paternal. "Todo bien, Perro, pero parece Los Orosco, de León Gieco pero con é. Dejáte de hinchar. Las mujeres pueden revisar la cuestión de género todo lo que quieran, y me parece bien. Pero no por eso deformar el idioma", opiné como si yo fuese el propio Miguel de Cervantes.

"Ahí –me dijo- tenés. Esto se viene gestando hace un rato, y en un principio se pensó que en el sexismo lingüístico jugaban sólo dos elementos, el hablante y la lengua como sistema, por lo que se dio por sentado que el origen del sexismo radicaba en ambos y no en ningún otro lugar. El problema es que no son únicamente dos, sino tres: el hablante, el oyente y la lengua como sistema. Tal es así que el origen del sexismo lingüístico reside siempre sea en el hablante sea en el oyente, pero no en la lengua española como sistema. Muchas veces el problema está en cómo nos funciona la cabeza. Si yo te digo ‘Un grupo de jóvenes competirán esta noche…’ ¿vos qué pensás? ¿Qué son pibes o pibas". "No se aclara, pero pienso en pibes", le contesté.

"Bueno –continuó- ahí está uno de los problemas. Cómo tenemos plantada la cabeza. La frase completa sería: ‘Un grupo de jóvenes competirán esta noche en el certamen de Miss Mundo en Miami’. ¿Ahí qué me decís?"

"Y… qué son pibas. Aunque no estoy muy de acuerdo con ese tipo de eventos, aclaro", le dije no muy convencido, pero para quedar bien.

"Bueno al margen de que los concursos de belleza son para abrir todo otro debate, fijáte que la palabra jóvenes no tiene marca de sexo, y ampara por igual a mujeres y a varones. Un subconsciente no sexista habría mantenido desde el principio abierta la doble posibilidad, sin embargo al otro grupo la palabra jóvenes la capta inconscientemente como si significase jóvenes varones, lo cual explica que, al leer la segunda línea, rectificar la primera impresión. Entonces podríamos concluir que el sexismo está más allá de las palabras utilizadas para diferenciar el género o hacerlo neutro. El sexismo es parte de un arraigo cultural, y en eso tenés razón, más allá del lenguaje", señaló el Perro. Me dejó sin palabras.

Vicente Blasco / tiovicenteb@gmail.com


 
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