´Lo terrible en la drogadependencia es el engaño en el que cayeron y las trampas en las que otro cerró y mató su discurso´. L. Cancrini- Italia
LA PLATA (Especial de AIBA). El consultorio de atención de pacientes adictos a drogas y alcohol es un escenario de la sociedad y de sus dramas. Por lo menos así lo tomo yo, más allá del diagnóstico toxicológico es una caricatura de lo que le pasa a una familia y a una comunidad. En realidad es su retrato en negativo, el paciente es una foto que retrata el reverso de un modo de vivir familiar y social.
El papá de un paciente me hablaba de un barrio en donde él vio crecer a muchos chicos, y él decía: ´se los llevó la ola´. Se refería a que empezaron a consumir y hoy una gran mayoría de ellos viven con una cierta discapacidad sin poder trabajar por su compulsión a drogarse quedando a expensas de sus padres (si los tienen) o del Estado (usando alguna cama para un tratamiento) o en la calle. Otros, me refería este padre, están muertos o en prisión.
Este retrato de un barrio crítico porteño puede ser también análogo al de cualquier distrito problemático de cualquier provincia. El padre, al hablar del ´se los llevó la ola´, se refería a la noción de epidemia. Ya no es uno u otro el que consume. Son muchos en una manzana o en un distrito o en una escuela. La epidemia es distinta a la del cólera o de otras enfermedades orgánicas transmisibles. No hay un virus o una bacteria demostrable por vía microscópica. Es un ´virus social´, por eso en la epidemia de drogas se habla de un contagio psicosocial. Pasa de persona a persona siempre y cuando se den ciertas condiciones que ahora trataré de mencionar someramente. Esto también pasó en Holanda, Inglaterra y, en general, en todos los países de Europa y América.
En principio este ´contagio psicosocial´ necesita para desarrollarse encontrarse con ciertas vulnerabilidades individuales, familiares y sociales. Individualmente, hoy la
niñez y la adolescencia en la sociedad post-moderna argentina se hallan en riesgo (crisis en la transmisión educativa, desfamiliarización). A esto hay que agregarle la crisis del crecimiento en la formación de la identidad en el adolescente, hoy además hiperestimulado como objeto de consumo por las empresas de alcohol y los distribuidores de drogas. La sociedad argentina le agrega a este cuadro de vulnerabilidades la cantidad de jóvenes con problemas de estudio y de oportunidades laborales, lo cual alimenta la orfandad de proyectos vitales tan necesarios para un crecimiento sano y máxime cuando esto se da en una situación de desfamiliarización (falta de familia, por ejemplo). No olvidemos que la familia es la primera red de contactos para conseguir trabajo, por ejemplo, o que estimula la necesidad de estudiar.
Pero una epidemia de consumo de drogas necesita además dos factores fundamentales:
oferta amplia de sustancias químicas y un clima social de aceptación del consumo. Los dos factores se dan juntos en los países donde explotan las epidemias. A mayor oferta de sustancias, crece en forma directamente proporcional la propaganda hacia el consumo sin riesgos; o sea, se minimizan los daños que genera la ingesta de estupefacientes. Al mismo tiempo, a mayor aceptación social (consumir droga es como tomar una bebida sin alcohol y además adornado esto con un cierto prestigio entre el grupo de jóvenes) se estimula la búsqueda de drogas y por ende la oferta.
Así explota una epidemia. Esta es una obra de ingeniería social. Es una construcción social con todo un aparato que la sostiene. De-construirla es también una tarea social, tratando de generar los ´anticuerpos´ que contrarresten los efectos del contagio psicosocial. Es reforzar el ´sistema inmunológico´ social que, como símil del cuidado corporal, necesitamos reforzar. Escuelas, familias, iglesias, empresas, municipios,
instituciones deportivas son los primeros anticuerpos para enfrentar la epidemia; es lo que llamamos el frente preventivo comunitario. El triunfo de la cultura de la vida que hoy se halla amenazada. Ya que como en las guerras, mueren los más jóvenes y los padres son los que entierran a sus hijos, desafiando la ley de la cultura en donde los hijos entierran a sus padres.
(*) Director del Instituto de Prevención de la Drogadependencia



