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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 24/oct/2018 de La Auténtica Defensa.

El Che y yo
Cuento de Gonzalo A. Firpo






Gonzalo A. Firpo. Foto: Archivo.

Rosario es una de las ciudades que más me gusta de todas las que conocí. Estaba allí por enésima oportunidad pero era la segunda vez que me encontraba en la vereda de enfrente del edificio donde se hospedó Ernesto Guevara de la Serna junto a su familia al poco de nacer. Debo confesar que desde que supe que el Che tenía un lugar de estadía y nacimiento en Rosario, el Monumento a la Bandera Nacional pasó a un segundo plano para mí.

Estaba, como digo, frente al edificio en cuestión observando todos los movimientos del lugar y pensando en cómo habría sido eso en aquellos tiempos, en el año 1928. Me preguntaba también por qué yo era el único allí que estaba interesado en ese lugar y aquel episodio. Nadie más parecía detenerse u observar nada de lo que yo miraba. La puerta de la edificación, la calle, los pisos superiores, nadie se detenía sino más bien todo y todos continuaban con su trajinar. El inmueble es claramente una antigua construcción aunque muy hermoso: tres pisos, grandes ventanas y da la vuelta en la esquina. Algunos grafitis lo decoran curiosamente: "Newells Old Boys", "Cristina somos todos…" "JP" y alguna cosita como un corazón y un número, no mucho más.

Me encontraba ensimismado en éstos y otros muchos pensamientos cuando noté por el rabillo de mi ojo que alguien me observaba desde una de las ventanas del primer piso. Lentamente, y como sospechando algo fantástico, levanté la mirada y ahí lo ví. El mismo Che en persona con una pipa en la mano y su inconfundible guerrera verde oliva me estaba mirando apoyado en la baranda del balcón. Por supuesto lo primero que hice fue asegurarme que mi visión funcionara perfectamente bien. Me estrujé los parpados y volví a verlo, no obstante miré para el piso cerrando los ojos con mucha fuerza y al elevar la vista nuevamente para la ventana lo volví a ver. ¡Estaba allí y me observaba! Quería mi atención y claramente la tenía. Quise buscar un testigo que me dijera que estaba loco y que el Che Guevara por supuesto no estaba en esa ventana cotejándome... y nadie más pasó por allí. Grande fue mi sorpresa cuando lo ví gesticulando e invitándome a cruzar la calle y pasar dentro del departamento. ¡Como un autómata seguí sus indicaciones! Como un tonto seguí los gestos de ese fantasma corpóreo que me chistaba y me hacía señas para que suba. ¡Subí!

Ascendí lentamente y sin pensar mucho la locura que estaba viviendo. Paso a paso por las escaleras. Como teledirigido. ¡Escalón por escalón! En el primer piso una puerta se abrió y allí me lo topé de frente. Era el mismísimo Ernesto Guevara en persona, vivito y coleando. ¡En el año 2018!

Nos estrechamos las manos fuertemente y nos miramos unos segundos a los ojos. Su mirada, aunque noble, me penetró hasta el alma. En milésimas de segundos se me ocurrieron un centenar de palabras y preguntas, un millar también. No soy periodista de manera que no sé qué le diría uno, tampoco soy un historiador. Tan solo soy un… humilde admirador. ¡Que lo ama eso sí! Que comulga cien por cien con sus ideas y su lucha. ¡Eso también! No pensé en lo que le dije, habló mi corazón:

"¿Por qué te fuiste? ¿Por qué así?"

"Es difícil…", me contestó con voz suave.

"Ninguna lucha se gana estando muerto", le dije enojado pero con respeto.

"Lo sé…"

"¿Y qué pasó? ¿Por qué…?"

"Es más difícil de lo que parece…"

"Perdimos todos…"

"No perdimos".

"¡Sí perdimos!", repetí.

"¿Crees que perdimos?"

"¡Ya no hay locos y no hay parias! No hay insurrectos…"

"¿Cuántos creen que perdimos?"

"¡No lo sé! No soy un estadista… ¡Perdimos! ¡Estoy con bronca! ¡Qué sé yo!".

El enojo que tenía no me permitía reparar en lo inverosímil de toda esa situación. Ya no pensaba si podía ser o no. Si era real o qué carajos. Solo sabía que estaba en esa maldita habitación con el mismísimo Che Guevara y no lo quería abrazar, quería respuestas. ¡Quería saber qué pasó, por qué y qué pensaba hacer! Como si algo pudiese hacer…

"Perdimos una batalla pero la lucha continúa", esgrimió convencido.

"Perdimos muchas batallas… te diría que una tras otra".

"La lucha sigue inclaudicable. Dejamos una gran huella, marcamos el camino".

"¡Nos están demoliendo a palos te cuento! El FMI, los gobiernos derechistas, Neoliberales… la miseria, la pobreza, el hambre de muchos y las riquezas de unos pocos… ¡Siguen muriendo niños de hambre!"

"¡Hay que seguir luchando! ¡Hay muchos oponiéndose al régimen! ¡Hay resistencia en muchos países!"

"No sé tanto… supongo que sí… ¡Ojalá así sea!"

"Nadie dijo que sería fácil ni que yo sería para siempre, ni Fidel, ni siquiera Jesús lo fué…"

"Lo sé…"

"¡No perdimos!"

"¡Hay 1500 millones de pobres en el mundo hoy!"

"¡Hay que seguir!"

"¿Qué hay que hacer?"

"Seguir sintiendo en lo más hondo de nuestro ser, y como propia, cualquier injusticia cometida contra cualquiera en…"

"…en cualquier parte del mundo", la frase la terminé yo.

Esa es la cualidad más linda de un revolucionario.

"La lucha sigue inclaudicable"


Cuento de Gonzalo A. Firpo / Email: gonxa02@gmail.com


 
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