Para el Gobierno Nacional, volver al FMI después de 12 años, es "un logro" que nos condiciona y nos limita en muchos aspectos. En primer lugar, los jugosos préstamos de la entidad financiera internacional están basados en una respuesta del país en lograr el tradicional déficit cero, el cual requiere de grandes ajustes a corto plazo que no solo generan recesión económica sino que además, y fundamentalmente lo planes de "stand by" siempre terminaron en grandes crisis socio económicas. Esto significa que los grandes perjudicados de este acuerdo va a ser la mayoría de la ciudadanía Argentina.
Esto tiene un segundo correlato, y es que los planes de "stand by" y déficit cero implican una injerencia y un control del FMI en las cuentas públicas nacionales. A su vez, esto significa una gran perdida de soberanía política para el Gobierno Argentino, del cual derivan la imposibilidad de tomar decisiones por parte de este pensando en mejorar la calidad de vida de los argentinos. Con el préstamo del Fondo, se acarrean además de planes de ajuste fiscal, un paquete de flexibilización laboral, apertura comercial y mercado de capitales. Pero por tratarse de un organismo donde predomina la ideología ortodoxa bajo la lógica del mercado como asignador de recursos, sus planes nunca significan políticas en beneficio de la clase trabajadora.
El desprestigio del FMI es muy alto, a tal punto que alrededor de un 70% de la población Argentina rechaza este acuerdo por una cuestión lógica: no existe una sola experiencia empírica a nivel global, y mucho menos en la historia económica Argentina, que demuestre que las recetas impuestas por este organismo hayan hecho progresar algún país. Por el contrario, los planes del FMI solo traerán más pobreza, más concentración del ingreso, menos soberanía, perdida de bienes estatales y de los recursos naturales estratégicos, y más caída del PBI.



