Cierto día, un pastor, al despedirse de su congregación, al final del culto, pidió que todos leyesen, durante la semana, el Capítulo 53 del Libro de Jeremías. A la semana siguiente, él comenzó el sermón de la siguiente manera: "Hoy yo quiero hablar sobre honestidad". Y seguidamente preguntó, quien había leído Jeremías 53, tal como él lo había pedido... Más de la mitad de la Congregación levantó las manos, confirmando que habían atendido al pedido del pastor. "Bien", dijo él, "Jeremías solo tiene 52 Capítulos y mi sermón de esta noche será dirigido a ustedes que levantaron las manos... Y ahora yo les digo que estoy muy preocupado por sus vidas espirituales."
¿Qué tipo de testimonio son los que ofrecemos a nuestros semejantes?
¿Hemos buscado engrandecer nuestro nombre en todo lo que hacemos y hablamos? ¿Pueden las personas que nos conocen, declarar que hemos sido auténticos a lo largo de nuestra vida? ¿Ha brillado nuestra vida, tanto en el trabajo, en la Universidad, en el supermercado, en las charlas con los amigos, y también en las reuniones de la Iglesia?
El predicador de nuestra ilustración se dijo preocupado con los miembros de su Congregación. Y nosotros, ¿hemos estado preocupados con nuestras vidas espirituales? ¿Tenemos la certeza de que nada tenemos de que avergonzarnos?
¿Qué es lo que hacemos cuando cometemos errores?... Buscamos esconderlos, como si eso fuese posible, o confesamos el fallo, y así fortalecernos para que podamos resistir a las tentaciones cuándo las enfrentemos nuevamente.
Nuestras palabras deben ser Verdad y ésta es la única alternativa para aquéllos que nos desenvolvamos con alegría en todas nuestras actividades.



