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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 26/sep/2018 de La Auténtica Defensa.

La Metrópolis
Cuento de Gonzalo A. Firpo






Gonzalo A. Firpo. Foto: Archivo.

Corrían los primeros años de mi adolescencia, el traspaso de la escuela primaria a la secundaria; nuevos sentimientos, nuevo establecimiento, nuevo barrio y nuevos compañeros. Todo cambiaba repentinamente. En el normal curso de los acontecimientos trataba de hacer de esos compañeros de clases mis nuevos amigos con los que a la postre iba a vivir grandes experiencias.

En ese estadío me encontraba un día cuando escuché que se estaba armando un partido de futbol para el atardecer del día viernes. Muchos de los chicos que para mí eran nuevos compañeros ya se conocían por haber cursado el ciclo primario juntos de manera que la propuesta entre ellos era común, corriente y cotidiana; yo a lo lejos prestaba seria atención y al cabo de unos minutos llegó la invitación que interiormente esperaba, -¿¡Vamos loco!? ¿Vos jugas?".- me dijo uno de ellos y yo, que sí jugaba, acepté rápidamente. -"Jugamos en "La Metrópolis" a las tres. Andá." -me dijo-

Si todo aquello (que era novedoso para mí) me fascinaba, imagínense lo que me originó aquella invitación cordial, y cuánta impresión me causó también el nombre de lo que entendí era "la canchita" donde íbamos a desplegar nuestras habilidades futbolísticas. Aunque no conocía exactamente el lugar sabía que "La Metro" se ubicaba al costado de las vías, al lado de la estación.

Describir realmente la sensación que me albergaba ese viernes mientras a paso redoblado acudía a la cita futbolística es casi imposible. ¡Sentía una enorme expectación! En honor a la verdad me encontraba alucinado y agraciado, sentimientos que se multiplicaban al pronunciar mentalmente el nombre de dicho potrero, -"Metrópolis", - me decía.

Exactamente a las quince horas y luego de preguntar a un muchacho en la calle llegué al lugar, aunque no estaba muy seguro de que eso fuera: "La Metrópolis"; pronto vi a unos compañeros debajo de un árbol al costado de la cancha y luego a unos más acercándose desde atrás de uno de los arcos con la pelota número cinco bajo el brazo.

El alma se me cayó al piso, "La Metrópolis" era un pelado pedazo de terreno baldío de tierra dura, lindero a las vías, con una caída pronunciada del terreno hacia uno de los lados y ni un centímetro cuadrado de pasto. ¿¡Pasto!? ¡Ni pasto, ni hierva, ni yuyo! Tierra seca, dura y pelada ¿¡Arcos!? ¡Si, por suerte! Dos palos con una especie de travesaño que se mantenían en pie gracias a la providencia divina. ¡Es que otra explicación yo no encontraba! ¡Quedé demudado! Parecía un rectángulo grande pero no estaba tan seguro que lo fuera; podía bien ser un rombo deforme o un cuadrado descuadrado. No tenía rayas laterales, ni la línea central donde debería estar el círculo de inicio. ¿¡Áreas!? ¡Ni lo sueñes! ¡Imaginarias como el Trópico de Capricornio! En efecto, de "Metrópolis" no tenía ni la "M", sin embargo parecía que ninguno de mis futuros amigos daba cuenta de todas mis tristes elucubraciones, ni de mi cruel decepción, y es que para ellos era "La Gran Metrópolis". No tardé en darme cuenta… ese era su lugar en el mundo. Allí eran ellos los dueños de la verdad, de las reglas, de las trampas; allí eran hombres, no niños, ni preadolescentes. Eran Maradonas, Bochinis, Alonsos y Franchescolis. Allí eran Romas y Carrizos volando… Allí en "La Metro".

Mientras me ensombrecía en todos estos pensamientos y contradicciones uno de ellos que me vió allí parado vacilando me llamó y me preguntó cómo me decían, entonces yo, sin más ni más, le espeté:-"A mí, a mí me dicen "El Mencho", "El Mencho Medina Bello", y el vago me contestó: -"Veni Mencho, vos jugas para mí". ¡Y así todo empezó! ¡Mi debut grandioso e histórico en ese llamativo templo del futbol!

Yo sabía que varios de ellos usaban nombres de jugadores de futbol en lugar de sus verdaderos nombres: "Chino", por el Chino Tapia del club de Boca Juniors o "Toti" por El Toti Iglesias de Racing Club, inclusive más viejos como los ya nombrados "Beto Alonso" o "Enzo", de los millonarios de Núñez.

Luego de unos saludos respetuosos y algunas bromas empezó la elección turnada de jugadores al compás del clásico "pan y queso". Todo se desarrollaba dentro de lo normal, siete u ocho para un lado y otros tantos para el otro y a patear la pelota. Rápidamente el que le decían "Caballo" hizo gala de su seudónimo y revoleó la pelota a la casa de enfrente cruzando la calle… para las carcajadas de todos. Unos amagues por acá de un habilidoso, unos caños con risotada por allá de otro y por fin los goles. Uno a cero, dos a cero, tres a cero… mi equipo perdía y casi no llegaba al arco rival. Cuatro a cero, cinco a cero y por fin me quedó una pelota cerca del arco contrario, no titubeé mucho, le pegué con cuerpo y alma, como venía nomás; el arquero no pudo hacer nada, la pelota después de mi brutal disparo, se clavó en el ángulo y mis compañeros corrieron a abrazarme, y es que la teníamos verdaderamente difícil. ¡Perdíamos por goleada! Al poco convertí el segundo gol y luego el tercero, todos con fuertes disparos, pero el partido ya estaba sentenciado, perdíamos diez a tres y poco a poco se fue desdibujando. Yo por mi parte sentía interiormente que había cumplido con la confianza que me habían dado al invitarme y elegirme y sabía que continuaría siendo de las futuras partidas.

Para sorpresa mía la seriedad del encuentro futbolístico se fue convirtiendo en sendas bromas pesadas: uno tomaba la pelota con la mano y salía corriendo cual jugador de rugby esquivando piñas y patadas, otro camiseteaba al arquero en un corner hasta dejarlo de torso desnudo y algunos que otros reunidos en el centro del "seudo" campo de juego ya conversaban acerca de ésta o aquella compañera del colegio: si era linda o si estaba buena, si había hablado un rato largo o no le había pasado ni la hora. Karina la del BOD, Romina la hermana del "Polillita", Ceci, Andre…

Finalmente, todos juntos nos fuimos al kiosco a tomar unas gaseosas juntando un par de pesos cada uno. El partido en "La Metrópolis", mientras fue serio, terminó once a tres con los únicos goles míos por el lado de mi equipo.

La tarde entre nuevos amigos y mi debut en "La Metro" había llegado a su fin con cierto éxito personal aunque no grupal. Yo recorría las veintipico de cuadras hasta mi casa pateando piedritas de las veredas rotas y recordando los goles que había convertido y los festejos con mis nuevos compañeros. Podría asegurar que en mi memoria veía hasta una tribuna con hinchas saltando y gritando mi nombre; podía ver al árbitro anotando mi nombre en su tarjeta cuando convertía los tantos, al técnico dándome indicaciones, y a mí mismo colocando la pelota en el punto de cal del círculo central para que los contrarios inicien de nuevo luego de mi anotación.

Así era "La Gran Metrópolis", exactamente como me la había imaginado en mi camino de ida: ¡Era como El Maracaná de Brasil! ¡Como la Bombonera! ¡Como el mítico estadio de Wembley en Inglaterra o el glorioso Monumental de Núñez!… así lo vivían mis compañeros, así lo sentían y yo también ¡Como un verdadero templo del futbol!

F I N


 
P U B L I C I D A D






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