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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 15/sep/2018 de La Auténtica Defensa.

Elogio de la tristeza
Por Mariana Ceballos






Mariana Ceballos. Foto: Facebook.

Hoy en día, en nuestra cultura, asistimos al ensalzamiento absoluto de la "felicidad" o al menos, la apariencia de la misma. Abundan libros de autoayuda, gurúes que venden felicidad a precios módicos o no tanto, marketing emocional que nos conecta con el mandato social de estar contentos, siempre y al costo que sea.

Detrás de este mandato, si nos sinceramos, podemos observar una gama emocional muy amplia… es que La Naturaleza, sabia, nos dotó de otras emociones, tales como la tristeza. Todo aquello es lo que nos hace humanos.

Nos hemos encargado de hacer mala fama a la tristeza, medicalizarla, esconderla, tratar de erradicarla con suma urgencia, rehuir del triste como si fuese un leproso.

En las Psicologías Cognitivas contemporáneas se está bregando cada vez más por la aceptación de las emociones. Todas ellas (con buena o mala fama), entendiendo que cumplen funciones.

Son tan naturales como la felicidad y tan necesarias como ella para acceder a la diversidad y riqueza de la vida.

Cuando todo el tiempo tenemos la pretensión de ser felices, nos convertimos en una caricatura. Porque lo real es que nada es permanente y mucho menos una emoción. La vida es móvil y los estados de ánimo fluctúan como respuesta ante los desafíos que nos impone el mero hecho de existir.

La felicidad jamás tendrá la profundidad de la tristeza. Es en la tristeza donde nos vamos replegando para juzgarnos, mirarnos y procesar lo que nos ha lastimado. Es ahí donde estacionamos para decidir como seguir existiendo y como digerir lo que ya hemos vivido.

Como corolario y regalo final, va un texto que me encanta. "Instrucciones para llorar", de Julio Cortázar:

"Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos."

Mariana Ceballos / Lic. en Psicología UBA.


 
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